miércoles, 17 de mayo de 2017

Leila Guerriero sobre ser periodista:

Yo veo que vos u otros colegas míos hacen entrevistas, y noto que preguntan bien, que van como enfocados al punto. Yo no sé si soy así; voy más como planeando bajito, viendo dónde hago bajar el planeador.

Yo nunca podría publicar lo que converso con la gente en una entrevista pregunta-respuesta. Primero, porque narrativamente no me produce una seducción escribirlo. Después, porque mis preguntas son como medio bobas. Tipo, “¿qué hacías cuando tenías ocho años?” o, “¿dónde te sentabas en el colegio?".

El periodismo está basado en el arte de mirar, no de preguntar. Hay que saber volverse invisible; no darse autoimportancia a uno mismo por ser el creador de la obra.

Un periodista que no lee, es lo mismo que un carnicero a quien le da asco la carne.

sábado, 13 de mayo de 2017

Black out

No separaba la sed de las ganas de aturdirse. En todo caso, mi padre bebía para liquidarse, como yo. Primero para darse ánimo pero, enseguida, para perder la conciencia, calmando así cualquier angustia, mucho y rápido con su boca insaciable. Hasta el sopor y el sueño o el coma intermitente antes del horror de despertarse en la feroz lucidez del día. Bebo en exceso porque bebo con la boca de mi padre.

No llamaba para pedir ayuda sino para que todos fallaran en dármela.

En el hogar todo evoca -alimento, sueño- la reparación para el día siguiente; la presencia de los hijos indica la cadena viviente de la que, a la larga, uno saldrá expulsado. En el bar, en cambio, es posible el olvido de la finitud.

Yo, como todos, comencé a beber para encontrar placer y terminé bebiendo, como algunos, para no sufrir.

Cuando íbamos de vacaciones, llevábamos, como si se tratara de un escudo de armas, la tabla del inodoro. Si era imposible infiltrarla en un baño que no fuera el del cuarto del hotel, mi madre entraba conmigo, sacaba la botellita de alcohol y frotaba la tabla durante un tiempo que siempre parecía excesivo. En ocaciones también le prendía fuego. Usaba una dosis adecuada que no dejaba huellas. Era una verdadera experta. Esta es otra de mis ficciones del alcohol y con un sentido psicológico: si colocar alcohol entre el mundo y uno significaba protección y seguridad, yo tomé el mensaje al pie de la letra.

"Todo gran escritor propone o postula una forma de leer. Su propia escritura es esa forma de leer."

Cómo me gustaría, en lugar de esta angustia, tener un síntoma físico que me saque del mundo al hospital; entonces no sufriría así. Cuando duele la muela nadie está enamorado. Y el dolor de muelas desaparece si a uno le cortan la pierna. Sabiduría de los chistes populares.


(Fragmentos de "Black out", de María Moreno)

miércoles, 12 de abril de 2017

Animales sueltos

No tengo televisión. Tengo el aparato pero no tengo señal de ningún tipo, lo uso sólo para ver películas. La información me llega a través de Internet o de la radio que escucho a la mañana. A veces, cuando leo sobre algo que pasó en la televisión que me interesa, busco el fragmento y lo veo.

Recién me enteré de que removieron a Alejandro Cacetta de la presidencia del INCAA y de un informe que hizo Eduardo Feinmann en el programa de Alejandro Fantino. Busqué ese fragmento del programa y lo vi. Entendí dos cosas: por qué no veo televisión y por qué ese programa se llama “animales sueltos”.

Trataré de relatarles ese informe televisivo, la repulsión que me genera que se pueda emitir “información” de manera tan irresponsable en un medio de comunicación masivo. Así empiezan: nombrando a Alejandro Cacetta y riéndose de una manera irrespetuosa mientras en la pantalla permanece una fotografía de Pablo Rovito. Cualquiera se equivoca, dirán.

Corte a: foto de Alejandro Cacetta a quién denominan como Sergio Bartolucci y lo llaman “grasa impresentable”, se ríen de cómo está vestido porque tiene una campera que no les gusta. Después de varios segundos con otra foto equivocada en la pantalla, Fantino aclara “ojo… No sé si éste no es Cacetta…” “Sí, sí, sí…”, responde Feinmann, como si diese lo mismo quién es quién, y remata: “éste es Cacetta, el más grasita”.

Después de eso, con una ironía bastante desagradable, dan una serie de detalles acerca de las irregularidades que se investigan, bromean con Rovito y Robito, como si fuese divertido. Ni siquiera saben ni pueden pronunciar correctamente el nombre de la escuela de cine que depende del INCAA, la ENERC.

La justicia tendrá que dictaminar si existieron o no las irregularidades denunciadas, yo no sé cuáles son porque no confío en una sola palabra de semejante informe.  ¿Pero cuál es la justicia que se va a hacer cargo de estos “animales sueltos”? ¿Quién les pide la renuncia?

Mientras tanto, les recomiendo que apaguen el televisor y se alejen lo más rápido posible porque estas bestias muerden, contagian ignorancia y te llenan de vergüenza ajena.



domingo, 2 de abril de 2017

LAS CINEPHILAS

Se estrena en "Competencia Argentina" en el BAFICI.
Por favor, vengan!
TRAILER: ACA



viernes, 24 de marzo de 2017

Mi colegio privado:

Por estos días me encuentro en las redes sociales con fotos de amigos o conocidos cuando eran niños, con su guardapolvo blanco, aclarando lo orgullosos que están de haber ido a una escuela pública o de mandar a sus hijos a una escuela del Estado. Además de la ternura que me provoca reconocer a mis amigos grandulones en esos niños sonrientes, es imposible no pensar en mi propia educación.

La semana pasada fui al cumpleaños de una amiga de la niñez. Nos conocemos desde el jardín de infantes. De más está decir que el amor entre nosotras sobra, somos amigas hace más de treinta y cinco años. Pero también hay que decir que somos el día y la noche. En realidad, siempre que estoy con mis ex compañeros de colegio, salvo raras excepciones, me siento así, sapo de otro pozo. Como si fuesen todos parte de un club al que yo pertenecí por error.

Volví caminando a mi casa pensando en esas amistades que se sostienen por el delgado hilo del amor, casi un hilo de sangre. Y volví recordando. Yo, sentada en un rincón del fondo de la clase, la cabeza escondida entre los brazos cruzados sobre el pupitre, fingiendo que tengo sueño, que estoy muy cansada. Mis compañeros gritando, cantando. El más agresivo es pelirrojo y zarandea con fuerza una bandera de la UCeDé, grita por la ventana que se vayan todos los negros de mierda. La memoria suele ser exagerada pero estoy casi segura de que soy la única que no canta, la única que no festeja.

Aún hoy, décadas después, me siento en el lugar equivocado cuando me junto con ellos. Claro que estoy generalizando y hay varias excepciones, pero en general me ocurre. Ellos hablan de los vagos que no trabajan porque no quieren y de cuánto piden ganar las empleadas domésticas que se volvieron locas. Siguen hablando de “negros” y sus proyectos son cambiar el auto y viajar a Miami a comprar barato.

Hablan como los padres, esos que les daban banderas para llevar a clase, los mismos que los mandaron a ese colegio para que sus hijos tengan las oportunidades que brindan las relaciones con gente “bien”. Casi ninguno percibe otra realidad que no sea la propia y después de la facultad rara vez volvieron a leer un libro. Pasaron veinticinco años y apenas cambiaron, apenas se pueden distinguir de sus padres, las mismas vidas.


Escribo sobre mi experiencia, seguro hay otro tipo de colegios privados. Yo cuando terminé la secundaria, tuve que pensar todo otra vez, deshacer un camino, romper relaciones y empezar casi de cero. Quien sabe que hubiese pasado de haber caído en una escuela pública.  


(Texto publicado ACA)

domingo, 19 de marzo de 2017

El cine, la vida y los sueños:

"Su rostro se me iba desdibujando, se me iba borrando como el de una actriz que ha dejado de hacer cine por mucho tiempo. Lo otro que me ocurría era que, de tanto ver y contar películas, muchas veces las barajaba con la realidad. Me costaba recordar si tal cosa la había vivido o la había visto proyectada en la pantalla. O si la había soñado. Porque sucedía que hasta mis propios sueños los confundía después con escenas de películas."