miércoles, 12 de abril de 2017

Animales sueltos

No tengo televisión. Tengo el aparato pero no tengo señal de ningún tipo, lo uso sólo para ver películas. La información me llega a través de Internet o de la radio que escucho a la mañana. A veces, cuando leo sobre algo que pasó en la televisión que me interesa, busco el fragmento y lo veo.

Recién me enteré de que removieron a Alejandro Cacetta de la presidencia del INCAA y de un informe que hizo Eduardo Feinmann en el programa de Alejandro Fantino. Busqué ese fragmento del programa y lo vi. Entendí dos cosas: por qué no veo televisión y por qué ese programa se llama “animales sueltos”.

Trataré de relatarles ese informe televisivo, la repulsión que me genera que se pueda emitir “información” de manera tan irresponsable en un medio de comunicación masivo. Así empiezan: nombrando a Alejandro Cacetta y riéndose de una manera irrespetuosa mientras en la pantalla permanece una fotografía de Pablo Rovito. Cualquiera se equivoca, dirán.

Corte a: foto de Alejandro Cacetta a quién denominan como Sergio Bartolucci y lo llaman “grasa impresentable”, se ríen de cómo está vestido porque tiene una campera que no les gusta. Después de varios segundos con otra foto equivocada en la pantalla, Fantino aclara “ojo… No sé si éste no es Cacetta…” “Sí, sí, sí…”, responde Feinmann, como si diese lo mismo quién es quién, y remata: “éste es Cacetta, el más grasita”.

Después de eso, con una ironía bastante desagradable, dan una serie de detalles acerca de las irregularidades que se investigan, bromean con Rovito y Robito, como si fuese divertido. Ni siquiera saben ni pueden pronunciar correctamente el nombre de la escuela de cine que depende del INCAA, la ENERC.

La justicia tendrá que dictaminar si existieron o no las irregularidades denunciadas, yo no sé cuáles son porque no confío en una sola palabra de semejante informe.  ¿Pero cuál es la justicia que se va a hacer cargo de estos “animales sueltos”? ¿Quién les pide la renuncia?

Mientras tanto, les recomiendo que apaguen el televisor y se alejen lo más rápido posible porque estas bestias muerden, contagian ignorancia y te llenan de vergüenza ajena.



domingo, 2 de abril de 2017

LAS CINEPHILAS

Se estrena en "Competencia Argentina" en el BAFICI.
Por favor, vengan!
TRAILER: ACA



viernes, 24 de marzo de 2017

Mi colegio privado:

Por estos días me encuentro en las redes sociales con fotos de amigos o conocidos cuando eran niños, con su guardapolvo blanco, aclarando lo orgullosos que están de haber ido a una escuela pública o de mandar a sus hijos a una escuela del Estado. Además de la ternura que me provoca reconocer a mis amigos grandulones en esos niños sonrientes, es imposible no pensar en mi propia educación.

La semana pasada fui al cumpleaños de una amiga de la niñez. Nos conocemos desde el jardín de infantes. De más está decir que el amor entre nosotras sobra, somos amigas hace más de treinta y cinco años. Pero también hay que decir que somos el día y la noche. En realidad, siempre que estoy con mis ex compañeros de colegio, salvo raras excepciones, me siento así, sapo de otro pozo. Como si fuesen todos parte de un club al que yo pertenecí por error.

Volví caminando a mi casa pensando en esas amistades que se sostienen por el delgado hilo del amor, casi un hilo de sangre. Y volví recordando. Yo, sentada en un rincón del fondo de la clase, la cabeza escondida entre los brazos cruzados sobre el pupitre, fingiendo que tengo sueño, que estoy muy cansada. Mis compañeros gritando, cantando. El más agresivo es pelirrojo y zarandea con fuerza una bandera de la UCeDé, grita por la ventana que se vayan todos los negros de mierda. La memoria suele ser exagerada pero estoy casi segura de que soy la única que no canta, la única que no festeja.

Aún hoy, décadas después, me siento en el lugar equivocado cuando me junto con ellos. Claro que estoy generalizando y hay varias excepciones, pero en general me ocurre. Ellos hablan de los vagos que no trabajan porque no quieren y de cuánto piden ganar las empleadas domésticas que se volvieron locas. Siguen hablando de “negros” y sus proyectos son cambiar el auto y viajar a Miami a comprar barato.

Hablan como los padres, esos que les daban banderas para llevar a clase, los mismos que los mandaron a ese colegio para que sus hijos tengan las oportunidades que brindan las relaciones con gente “bien”. Casi ninguno percibe otra realidad que no sea la propia y después de la facultad rara vez volvieron a leer un libro. Pasaron veinticinco años y apenas cambiaron, apenas se pueden distinguir de sus padres, las mismas vidas.


Escribo sobre mi experiencia, seguro hay otro tipo de colegios privados. Yo cuando terminé la secundaria, tuve que pensar todo otra vez, deshacer un camino, romper relaciones y empezar casi de cero. Quien sabe que hubiese pasado de haber caído en una escuela pública.  


(Texto publicado ACA)

domingo, 19 de marzo de 2017

El cine, la vida y los sueños:

"Su rostro se me iba desdibujando, se me iba borrando como el de una actriz que ha dejado de hacer cine por mucho tiempo. Lo otro que me ocurría era que, de tanto ver y contar películas, muchas veces las barajaba con la realidad. Me costaba recordar si tal cosa la había vivido o la había visto proyectada en la pantalla. O si la había soñado. Porque sucedía que hasta mis propios sueños los confundía después con escenas de películas."



domingo, 12 de marzo de 2017

Juliet sobre el suéter de su hermana:

-Sí. Claro. Es el suéter de Cressida: el de las rayas blancas y negras -Juliet hablaba despacio, reflexionando-. Si lo miras más de cerca, se ven las rayas. Fue mío, pero se lo di a Cressida. O mi hermana se quedó con él. A mí me estaba pequeño. Estoy segura. Es de Cressida. No hay la menor duda, detective: es el suéter de mi hermana, el que llevaba la noche que la perdimos.


(Fragmento de "Carthage", de Joyce Carol Oates)

sábado, 11 de marzo de 2017

No soy Lucrecia Martel

Por fin terminé un documental que estuve haciendo durante más de dos años. Sólo los que hacen películas, y los que están cerca de ellos, saben el trabajo y el compromiso que implica hacer una. Es una tarea titánica, una carrera de fondo. La película hay que desearla mucho, sostenerla y defenderla adentro de uno durante años, contra viento y marea.

Cuando tuve la idea de este proyecto convoqué a una productora conocida, amiga de amigos, que me parecía la persona indicada. Nos mandamos varios mails de intercambio de ideas hasta que finalmente nos juntamos en mi casa para formalizar un poco la cosa. Esa reunión, lejos de ser la asociación exitosa y cariñosa que yo esperaba, fue la peor reunión que tuve en mi vida.

Nos sentamos las dos en la mesa, hice café y había algunas cosas para comer. Dos mujeres, muy cinéfilas las dos, hablando de hacer un documental sobre señoras jubiladas que van al cine todos los días. Parecía que nada podía salir mal y así empezamos, tratando de entendernos. Le conté la idea que, a pesar de que le gustaba mucho, empezó a cuestionar con la excusa de representar al “abogado del diablo”.

Me esforcé por explicar motivaciones que ni yo misma entendía, intentando justificar mis ideas. Parecía que, aunque ni siquiera habíamos empezado a trabajar, yo ya le debía algo. Le debía coherencia, le debía saber los porqués, los cuándo, dóndes y cómos. Le debía lucidez, claridad, certezas. Ella, recostada sobre la silla, me miraba con el mentón elevado, asentía con la cabeza y se reía con los ojos.

Así habremos estado durante casi dos horas. Una acusada declarando frente a una jueza implacable. Cuando me cansé y me quedé callada fue su turno. Ahí se acodó sobre la mesa, base sólida para su veredicto. Después de palmear al diablo en la espalda, me miró fijo, todavía con la sonrisa irónica instalada en la cara y me informó: “¿Pero vos te creés que es fácil? Vos no sos Lucrecia Martel”.

Lo dijo como revelando un secreto que yo no sabía. “No soy Lucrecia Martel”, pensé. No soy esa directora que admiro, que logró hacer varias películas, todas buenas. La productora siguió hablando mientras yo pensaba en Lucrecia Martel, en el referente en que se había convertido. Lucrecia Martel, que con su primera película, “La ciénaga”, nos partió la cabeza a todos. Lucrecia Martel, sinónimo del mejor cine de autor argentino. Lucrecia Martel, sinónimo de directora que logra que sus películas se hagan.

La despedí con una sonrisa, más impostada que la suya, y la productora se fue de mi casa dejando atrás uno de esos vacíos que abrazan. Fui directo a la computadora y le mandé un mail agradeciéndole mucho por el encuentro pero aclarándole que lo nuestro no iba a funcionar porque creía que no éramos compatibles. Ella respondió cordial y ahí quedó todo, en el olvido, menos esa frase: “vos no sos Lucrecia Martel”.

Esa frase me acompañó y me guió durante todo el trabajo que hice en “Cinéphilas”. Esa frase fue motor, la puerta abierta que condujo a la pequeña luz al final de un túnel oscuro. “Vos no sos Lucrecia Martel”, pero Lucrecia Martel camina al lado tuyo, y de otras. Caminamos juntas esa ruta de amor que es hacer cine. Unas van adelante, Lucrecia Martel es una de ellas. Otras vamos atrás, algunas corren y van muy rápido, las admiro.

¿A quién hubiese nombrado si yo hubiese sido un hombre? “Vos no sos Leonardo Favio”, “Vos no sos Campanella”, “Vos no sos Sorín, Taratuto, Mitre”. ¿A quién hubiese nombrado? La verdad es que no sé, hay muchos directores hombres que me podría haber nombrado. Hacer una película es una tarea muy difícil pero hacer una película siendo mujer es mucho más. Así que, mujeres, apoyemos a las mujeres que quieren hacer cine, que las piedras en el camino sobran.