miércoles, 7 de diciembre de 2016

domingo, 27 de noviembre de 2016

Maravillosas

Cuando ves dos películas de un director y te parten la cabeza:




sábado, 26 de noviembre de 2016

Andrea sobre la pareja:

Un cuestión de inversión. Tener novio siempre me dio culpa, la culpa del hedonismo, cómo le vas a dedicar tiempo a eso habiendo tanto para hacer. A veces pienso que formar una pareja es un modo de anular o minimizar el tema de la sexualidad y el amor; como a los futbolistas, que los hacen casarse para desactivar esa pulsión, para tenerlos amansados: la pareja se forma para poder dejar de pensar en eso. Cuando la gente forma pareja ya no necesita comunicarse y eso los pone automáticamente más torpes, más impedidos, respecto de todo el resto pero en consecuencia de la pareja misma, claro, también. Ahí es donde entra a funcionar eso de cómo es que uno se acerca a alguien por cosas que le gustan de ese alguien , las mismas que después intenta serrucharle sin pausa para desprender, desaforar al otro de sí mismo. Y una vez que lo consigue, si es que lo hace, claro ahí le pierde el respeto al desposeído. Y ahí vamos otra vez con la contradicción: no formo pareja porque me parece un lujo innecesario, pero de ese modo lo único que hago es darle más espacio no pudiendo dejar de pensar o tratar de entender de qué se trata todo eso de compartir las cosas con alguien.


(Fragmento de "Acá todavía", de Romina Paula)

domingo, 20 de noviembre de 2016

María Moreno sobre el relato:

Los hechos son el relato de los hechos. Y por supuesto que se actualizan. Si yo contara lo mismo dentro de un tiempo registraría otra cosa. Siempre es la necesidad actual lo que se escribe. Es una relación entre palabras, no entre hechos. 

Hay muchas cosas que le puedo adeudar a mis psicoanalistas, porque son reescrituras de la novela familiar que se produce en una sesión.

Entiendo que las generaciones tengan nostalgia de una épica de la conversación. Lo nuestro era el cuerpo conversando todo el tiempo.

lunes, 17 de octubre de 2016

¿Quieres ser Lucía Pérez?

Siempre pensé que María Alvarez es un nombre genérico, como decir Juan Pérez. María Alvarez hay muchísimas. En este mismo diario, hace tiempo ya, leí algo que escribió Rafael Spregelburd que me quedó marcado a fuego: “El nombre José López está mal. Es una abstracción innecesaria, como llamarse Nadie, igual que Odiseo engañando a Polifemo, una metáfora parca y moribunda y sin tensión alguna entre sus términos”. Con María Álvarez y con Lucía Pérez pasa un poco lo mismo. Pero más que decir Nadie creo que esos nombres dicen Todos.
No me alcanzan las palabras ni el tiempo para escribir todas las veces que pude ser Lucía Pérez. Se me viene a la cabeza una noche en Mar del Plata, la elijo entre muchas otras porque en esa ciudad vivía Lucía, ahí la mataron. Mi abuela me prestó su departamento de verano para que fuese con una amiga, Camila. Tendríamos diecisiete años y ese viaje nos hacía libres de hacer lo que tuviésemos ganas. Salir de la ciudad, alejarnos de las familias, de nuestras casas, ver el mar. Todo era aventura. Salir al mundo y ser nosotras mismas.

Una noche en un bar conocimos a dos hombres, tendrían unos veinticinco años, quizás más. Todavía los recuerdo o quizás son las fotografías que nos sacamos juntos más tarde esa noche, que los traen de vuelta aquí y ahora, como si los estuviese viendo. Uno de ellos tenía el pelo largo y lacio, castaño claro; el otro era morocho, muy alto. En el bar empezamos a hablar y tomamos unas cervezas. Después nosotras los invitamos al departamento de mi abuela, que estaba cerca. Queríamos jugar al truco.

Las fotos ayudan porque hay registro de las risas y de una complicidad mágica. Son la prueba de que esa noche fue así: cuatro personas juntas para compartir un momento, un juego, la vista del mar. Nos quedamos despiertos hasta que salió el sol, para estirar las horas, para vivir más. Ellos se fueron al mediodía y nosotras tardamos mucho en poder dormirnos, estábamos pasadas de lo que nos habíamos reído. No nos dimos ni un beso con ellos, y si nos hubiésemos besado este relato no tendría por qué ser diferente.

A esos dos hombres nunca más los vimos. Eran de Mar del Plata y nosotras volvimos a Buenos Aires al día siguiente. No intercambiamos números de teléfono, Facebook no existía y el mail no sé si se usaba. Pasaron veinte años y aún hoy, con Camila, recordamos esa noche. Nos quedó grabada para siempre porque fuimos felices.

Intuyo que algún lector estará pensando qué locura, dos chicas solas les abrieron la puerta a dos hombres desconocidos, qué peligro, les podrían haber hecho cualquier cosa. Y si hubiese pasado algo malo dirían que lo estábamos buscando porque éramos dos locas, dos provocadoras. Hablarían de nuestras familias, se meterían con la clase social de mi abuela, de nuestros novios, ex novios y de los pibes amigos, señalarían la ropa que usábamos; el trabajo del padre de Camila, lo que nos gustaba tomar y las ganas que teníamos de acostarnos con un tipo. Como mínimo hubiesen hablado de eso.

Son cosas simples, de todos los días: abrir una puerta, subirse a un auto, sonreír mucho, contestar un mensaje o usar un short. Y sin embargo hay personas que creen que abrir una puerta es invitar a que te toquen, te violen y te maten. Para mucha gente, Camila y yo esa noche buscábamos algo parecido a lo que sufrió Lucía Pérez. Queríamos sufrir tanto, pero tanto, que fuera imposible seguir respirando. Esa noche abrimos la puerta para que nos descuarticen y nos tiren en una bolsa de basura.

La pollera hasta la rodilla, cuidado con mirar fijo a los ojos y con abrirle la puerta hasta al afilador, a los vendedores de biblias, no le abras la puerta a nadie porque si abrís la  puerta te lo estás buscando. ¿Qué estoy buscando? ¿Querés saber qué estoy buscando? Preguntá sin problemas que te cuento lo que buscamos las Pérez, las Álvarez, las González, y también las Kipershmit, las Rawsons, las Carbonattos. No importa la complejidad del apellido todas buscamos lo mismo.

Cada vez que abrimos la puerta buscamos reír, conversar, trabajar, comer, buscamos sexo o enamorarnos, queremos comprar, necesitamos vender, estudiar, tenemos ganas de jugar, de ayudar, queremos reparar, abrazar, mejorar, a veces pelear, llorar, tomar un café. Abrimos la puerta para salir al mundo y dejarlo entrar. Abrir la puerta es nuestra manera de estar en la tierra. El que piensa que las mujeres abrimos puertas porque buscamos que nos maten a palos se equivoca mucho. Nosotras abrimos puertas buscando vivir.

(Columna publicada ACA)

domingo, 16 de octubre de 2016

"Si no puedo tenerlo todo, no quiero tener nada"

Cuando uno se mueve en ciertos planos espirituales, si estás concentrado en algo del espíritu entrás en contacto con una parte tuya que está más alta que el resto. Desde allí se perciben muchas cosas, no conscientemente claro, pero el inconsciente recibe mucha información. Entonces muchas cosas parecen resolverse mágicamente. Vos precisás algo y aparece ese algo. 

La cosa es así: cuando uno se preocupa mucho por cómo va a resolver una situación en realidad lo que hace es frenar las soluciones que ya están implícitas en esa misma situación. Esas soluciones ya fueron percibidas por el inconsciente, que tiene muchos más recursos para aplicarlas. El inconsciente las percibe, se comunica, toca aquí, toca allá y produce resultados, sean económicos o del tipo que sean.

Las reuniones con muchas personas me molestan porque no tienen profundidad, es imposible tener un diálogo profundo. Por eso trato de reunirme con una sola persona cada vez. Eso permite más el diálogo de alma a alma. Si no todo es muy superficial.

Escribir para mí es un diálogo conmigo mismo, una forma de conectarme con un ser interior. Es lo que más me interesa porque al poner las cosas por escrito va surgiendo una información que yo no sabía que existía. Después, al leerla y meditarla, la voy asimilando, la voy haciendo mía. Me voy conociendo más y mejor. Es decir, voy ensanchando mi ser. Los relatos, las novelas son como una puesta al día de mí mismo. Yo no tengo una percepción afinada de mí, no me percibo mucho profundamente, ni me conozco naturalmente, nunca sé bien donde estoy ni qué soy ni quién soy.  Al escribirlo voy incorporando toda esa información. El proceso de escribir me forma incluso como persona. Me voy creando sobre eso que sale a través de la punta de los dedos. Dicho de otra forma, escribir es para mí una forma trabajosa y complicada de hacer conciencia.