sábado 11 de julio de 2009

Gripe

Durante una gripe, me quedé en cama y decidí esperar a ver cómo evolucionaban las cosas antes de tomar alguna medida, porque considero que las enfermedades suelen ser una forma de expresión que no conviene reprimir de modo radical.
Por la tarde, la fiebre había subido mucho y me tomó algunas horas encontrar la fuerza de voluntad necesaria para levantarme y dar algunos pasos hacia el botiquín donde guardaba, entre otras cosas, un medicamento apropiado. Mi cuerpo estaba apaciblemente relajado e insensible; la mente, por su parte, después de algunos ensueños reiterativos y bastante abstractos, en los que al parecer buscaba aferrarse a alguna estructura sólida, o por lo menos rígida, había comenzado a dispersarse, como fragmentada en pequeños planetas que se alejaran vertiginosamente de ese centro que suele ser el yo. En algunos embates de lucidez, el yo procuraba volver a organizarse, pero sólo le era permitido el papel de espectador. Pensaba: "así es la muerte".
El yo se fugaba, se dispersaba, y era muy fácil comprender que esa construcción era muy precaria, muy frágil, y no demasiado real; de un momento a otro podía desbaratarse, como ahora, y yo desaparecer, como casi había desaparecido en esos momentos.
Todos esos sentimientos y percepciones de mí mismo no connotaban ningún drama. Lo que me sucedía era algo que no tenía importancia. "Esta es una clase de muerte que puedo aceptar", pensé sin angustia, y después, cuando todo hubo pasado, pensé que mi estado gripal había sido como un curso acelerado de budismo Zen. También después, junto con el yo volvieron las aprensiones y las preocupaciones por cosas nimias.
(Fragmento de "Irrupciones", de Mario Levrero)

jueves 9 de julio de 2009

Mi auto manda II


La relación con mi auto está cada vez peor. Confieso que hace meses que no lo lavo y lo saco cada vez menos porque le perdí la confianza. Me da miedo que se empaque y se revele queriendo quedarse en alguna cuadra lejana de frentes novedosos, como un nene que no quiere volver a su casa.

Quizás mi auto intuya la separación inminente que yo todavía me niego a aceptar. Quizás mi pobre compañero, que me lleva desde que era una adolescente, está un poco viejo y cansado y sólo quiere que lo cuide un poquito más. Pero hay formas y formas, y no creo que tirarme la puerta del baúl en la cabeza mientras bajo unas plantas sea la mejor manera de demostrarme cuánto me necesita.

No sé qué tiene, está muy celoso. Ahora no me deja abrir el piquito del seguro de la puerta del lado del acompañante (ni siquiera desde adentro); y ya saben que de mi lado, el del conductor, no deja que levante el asiento para que pasen atrás. Me quiere sola y toda para él, y temo que en alguno de sus futuros arrebatos llegue a trabar también el piquito de mi lado y me abrace tan fuerte que moriré asfixiada de amor.

lunes 6 de julio de 2009

El camino del artista

Nunca había leído un libro de autoayuda y no sé si “El camino del artista” puede clasificarse como tal, aunque intuyo que algo de eso tiene. Entonces debo confesarles que leí mi primer libro de autoayuda. Quizás haya una remota posibilidad de que pueda ayudarme una milésima de milímetro, y bienvenida sea.

Cuando uno está desesperado pierde cualquier tipo de prejuicios. Yo voy a hacer todo lo que esté a mi alcance: voy a leer la saga “El camino del artista en acción”, voy a visitar curanderos y a realizar gualichos, voy a atrincherarme en mi casa atada a una silla llorando frente a la computadora, voy a pisar iglesias, voy a comprar estampitas y a prender velas, voy a ir tres veces por semana a terapia si es necesario, voy a caminar hasta Luján.

Voy a escribir.

viernes 3 de julio de 2009

El año del desierto

Una “distopía” es una utopía negativa, donde la realidad transcurre en términos inversos a los de una sociedad ideal.
Caminaba por la planicie amarilla. No había ni una sola quebrada en el terreno. No había escalera, ni árbol donde treparse. Se vivía a nivel del pasto. La tierra ahogaba como un océano. Era yo la única cosa vertical en kilómetros a la redonda. Lo vertical era excepción, casi soberbia. Toda la tierra alrededor era una gran convocatoria al descanso.
Creo que “El año del desierto” es una distopía, necesitaría que algún crítico literario me lo confirmase.
Entre los pueblos dispersos de la planicie no existía el concepto de robar. Existía solamente la posibilidad de descuidarse. No se decía “le robaron” se decía “se descuidó”. El error era del poseedor.
Igual que con Mario Levrero, estoy un poco pesadita con Pedro Mairal.
Todo quedó detenido unos minutos en los que se susurraron miedos y sorpresas; después siguieron trabajando. Así son las cosas siempre. Cuando pasa lago así, como lo de Benito, cuando encierran injustamente a alguien o cuando alguien muere, entonces los demás se sorprenden –más por el temor de que eso les pueda pasar a ellos que por el hecho de que le haya pasado al otro- y casi inmediatamente siguen con lo suyo porque les pica, se rascan, tienen hambre, están vivos y preocupados y necesitan muchas cosas para seguir estándolo.
¿Cómo no estar pesada cuando leo cosas como éstas?
Al salir a la calle, el aire caliente me pegó como un enorme secador de pelo.

Afuera le pisé la cola a un perro y largó un gemido-ladrido-tarascón, todo en un solo movimiento rápido y circular.

Me subieron a uno con otras mujeres, de caras extraviadas, enfermas, flacas, como si les quedaran grandes los dientes.

Me mandó al carajo con un gesto de hachazo hacia arriba.
El libro me dio mucha angustia, se trata de una chica que se hace mujer mientras su ciudad se vuelve a convertir en una selva.
Traté de pensar qué hacer. Estaba sola con mis latidos en ese mundito propio que se hace cuando uno se ovilla hacia adentro. Necesitaba hacer eso, era como intentar reunir mis pedazos. Soy mi madre y mi padre, pensé, soy mi propia hija, soy la hermana que no tengo.
Se podría decir que la chica y Buenos Aires hacen el camino inverso.
Las mascotas se habían vuelto desconfiadas como si tuvieran miedo de que alguien se las fuera a comer en un guiso. Los perros se habían puesto esquivos como los gatos; y los gatos huían como ratones.
Mejor no les cuento más.
No se podía retirar lo dicho. Nunca se puede.
(Fragmentos de "El año del desierto", de Pedro Mairal)

martes 30 de junio de 2009

Yo recuerdo

Cuando estudiábamos cine con Aguirre íbamos mucho a la sala Leopoldo Lugones del Teatro General San Martín. Salíamos de la facultad hablando de la clase, de guiones, de nuestros compañeros, comíamos algo por ahí camino a Corrientes y entrábamos en la Lugones a ver una película, a veces dos. Teníamos veinte años, ideas confusas que parecían muy claras y la fortuna de entendernos.

Diez años después, volvimos a la Lugones a ver “Yo recuerdo”, un documental sobre Marcelo Martroianni dirigido por su última mujer, Anna María Tató. La película es Mastroianni relatando sus recuerdos: los rodajes, sus comienzos, los grandes maestros del cine italiano, sus viajes (parece que las mujeres se le borraron de la memoria, editada por la celosa Ana María). Lo más lindo no son las anécdotas, lo más lindo son la cadencia de su voz y su mirada, que van esbozando un carácter simple y bonachón.

Todos en la sala de cine eran mayores de setenta años, la mayoría mujeres. No sé cuándo fue la última vez que me sentí tan joven, generalmente ya no soy la más joven en ningún lado. Cuando terminó la película y subimos al ascensor, quedamos rodeadas por seis viejitas coquetas y “rubias” que no nos llegaban ni a los hombros. Estaban fascinadas con Marcelo, se preguntaban en qué época había sido amante de Catherine Deneuve. Aguirre y yo nos miramos para comprobar que ninguna de las dos sabía. “Ustedes no saben y nosotras no nos acordamos” dijo una de las abuelas, y las seis se rieron, tentándose cada vez más con la risa de las otras.

Llegamos a la planta baja y ellas fueron saliendo de a poco del ascensor, chiquitas y con muchísimo cuidado, armando parejas y agarrándose del brazo. Parecían salidas de distintos cuentos. Cuando salimos nosotras, me sentí anormalmente ágil, había algo de culpa en hacer en un segundo lo que a ellas les había llevado minutos. Con Aguirre nos separamos en la puerta del San Martín, cada una iba para puntas diferentes de Corrientes.

Volví caminando a mi casa, sentía el gusto a mis tardes de joven estudiante y el perfume de las viejitas que me seguía. Yo estaba en el nudo de la vida, en lo que en un guión sería el desarrollo, en un sandwich el jamón y el queso, en una trenza la tira del medio, en un avión los asientos del pasillo. Todavía me acordaba algunas cosas y también, por suerte, me quedaban varias nuevas por saber. Durante todas esas cuadras, como treinta, caminé con la cabeza pinponeando entre el pasado y el futuro, y seriamente olvidé mi edad.

sábado 27 de junio de 2009

Nada del amor me produce envidia

“Al fin y al cabo, todos esperamos una vida para decidir cosas como éstas y cuando ocurren no estamos preparados… Como si el cuerpo se resistiera y doliera, y el único deseo que existe es que todo pase, que pase lo que pase y todo vuelva a ser como antes, igual, con mi yo diluido y todo.”
Mi gusto por el teatro volvió con todo gracias a “Nada del amor me produce envidia”. Por favor, vayan a verla. Les dejo algunas frases que llegué a anotarme en las palmas de las manos en la oscuridad:
“Lo extraordinario no se planea, pero tampoco se repite.”

“El mundo está compuesto por dos tipos de personas: las que deciden y las que acatan.”

“Nunca antes me había desnudado sin una razón.”

viernes 26 de junio de 2009

Marshall y Robin sobre el "revértigo":

Marshall
Robin, tu “revértigo” está empezando a afectar tu trabajo.

Robin
¿Qué es “revértigo”?

Marshall
Es un fenómeno que ocurre cuando estás cerca de alguien de tu pasado y empiezas a comportarte como en aquella época.