sábado, 13 de agosto de 2016

miércoles, 10 de agosto de 2016

DIARIO DE HAMBURGO -9

Último día del viaje. Primer día de un año nuevo para mi.



Me desperté sola, T. se había ido a trabajar a las seis de la mañana.
Bajé a desayunar. Como todos los días desde que estamos acá, escribí. Este diario y, entre  otras cosas, transcribí estas notas que había tomado en las escalinatas del lago Alster, antes de que el joven turco se pusiese a bailar y me atacase con violencia por haberlo grabado (lo relaté en el diario de Hamburgo #7):

Hoy, ganas de estar en la calle. Tomo un cappuccino frente al lago Alster.
Qué diferente comen los hombres que las mujeres. Los hombres ingieren como si la comida fuese invisible y se evaporara apenas entra a la boca, parece que no se estuviesen metiendo nada en el cuerpo. Las mujeres le ponen más peso a todo.
Aquí estoy, llegando a la mitad de mi vida. No creo que de aquí sea para abajo, como dicen. Creo que de aquí para arriba y arriba y arriba, hasta desaparecer. Cada día que pasa me siento más yo misma.
Quizás la niñez sea la etapa más interesante, no creo que sea la más feliz. Uno aprende a conectarse con uno mismo con el tiempo. A mayor madurez, mayor conexión y mayor bienestar.
Me siento muy afortunada de tener la escritura y el dibujo como herramientas. ¿Poder usarlas? Soy la mujer biónica.

La verdad es que fueron bien interrumpidas estas notas anteriores, no aportan demasiado.

Hacía un frío que, en verano, no venía a cuento. Salí del hotel a comer una sopa de verduras y a terminar el libro de Patti Smith que me compré recién llegada a la ciudad en el primer museo. Patti Smith ha sido una gran compañera de viaje y le estoy muy agradecida. Hay libros que acompañan, que se dejan leer con ganas en cualquier lado. Otros demandan que los acompañes vos, te exigen. “M Train” es de los primeros. Me encantaron las reflexiones sobre los objetos perdidos, ¿adónde van? Las cosas tienen vida propia, eso seguro. Su manera de ver la vida, sus dificultades para escribir, sus viajes, su capacidad de pasar días enteros sola, su necesidad de registrar, su poca memoria con respecto a los libros que lee, su amor por su marido, por el cine. Todas cosas con las que me siento muy identificada.
“Home is a desk”, escribe. Mi hogar también es una mesa donde poder escribir y dibujar.


Fui al rodaje a visitar a T. Qué incómodo y aburrido es presenciar una filmación sin estar trabajando en ella. Pensar que dediqué casi veinte años a ese trabajo. Parece la vida de otra persona.


Cuando terminaron la jornada, fuimos a brindar por mi cumpleaños al Café Paris.


Entre sus habitués, Henry Miller y Hemingway. ¿Qué mejor manera de empezar el año que en un lugar en donde estuvieron estos dos genios? Sobre todo Henry Miller, para mí es Dios. Hace poco leí “Los diarios de la edad del pavo” de Fabián Casas y su devoción a Henry Miller me recordó a la mía. Era fanatismo lo que tuve en un período de mi vida por sus libros. Los de Anaïs Nin también, leía todo lo que tuviese que ver con Henry Miller, estaba fascinada con su escritura. Nota: volver a esos libros.



A la noche nos invitaron a cenar a un lugar que se llama Hendriks para festejar el fin de la filmación. Yo no conocía a nadie pero me cantaron “feliz cumpleaños” y soplé las velitas. T. me dirigió unas palabras y, de alguna extraña, mágica e improvisada manera, terminé siendo el corazón de la fiesta.

Si no estuviese el lago Alster, me hubiese costado mucho ubicarme en el mapa de Hamburgo. Los nombres de las calles son imposibles de largos e irrecordables. El lago lo ordena todo, el lago te indica.
Me hubiese perturbado perder el mapa en la mitad del viaje. Desde que llego a una ciudad, hasta que me voy, necesito usar siempre el mismo mapa, que tenga las referencias de los lugares por donde voy pasando, las marcas son las que me ubican en dónde estuve y por dónde me falta ir.



Ahora dejo el territorio. Me llevo el mapa.



Y también dejo este diario, huella de los momentos que pasé en Hamburgo. Registro del umbral en el que comienzo la segunda parte de mi vida.


martes, 9 de agosto de 2016

DIARIO DE HAMBURGO -8

Durante la mañana escribí, este diario y otras cosas.

Ya pasado el mediodía, no sabía muy bien qué hacer, no me quedaban museos para ir y el día se había puesto bastante feo.

Leí un rato. “M Train”. Muchas cosas en común con Patti Smith: todo el tiempo quiere escribir y no puede. No le gustan las máquinas en los aeropuertos, prefiere las personas.

Decidí ir a una tienda vintage dondevenden ropa por peso. Quedaba en un barrio que no conocía y me pareció buena excusa para salir y seguir conociendo. Si encontraba algo que me gustase podía llevarme conmigo un poco más de la ciudad y su gente.

Cuando me bajé del subte salí directo a la puerta de un parque de diversiones, el HAMBURGER DOM. No tenía ganas de empezar a buscar en el mapa en dónde estaba exactamente la tienda, para dónde ir. Los mapas cansan.

Entré al parque de diversiones y me compré una bolsa de pochoclos, “mañana es mi cumpleaños”, pensé. Decidí recorrer el parque, como guiada por extrañas intuiciones de que eso era lo que tenía que hacer, por algo me había tomado ese subte y me había dejado justo allí.




Y, de repente, entendí todo cuando la vi. Imponente, inmensa: la montaña rusa. No sé en qué momento de mi adolescencia le empecé a tener pánico, porque no es miedo, es pánico lo que tengo. No le temo a nada más de esa manera.
Me quedé mirándola mientras me atiborraba con los pochoclos de los nervios que me daban de slo ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ntras me atiborraba con los pochoclos de los nervios que me daban de sen no conoco siquiera.iario. Yo me siento cada mólo pensarlo. Los ojos se me empezaron a llenar de lágrimas de emoción. Sabía que tenía que subirme si mi deseo de cumpleaños era perder un poco el miedo. ¿Cómo no iba a subirme?


Todavía con los ojos húmedos, guardé el pochoclo y todas las cosas sueltas en la mochila. Saqué la entrada y fui directo a los carritos. Un técnico alemán me esperaba para sentarme detrás de un niño robusto y rubio que esperaba compañía para volar. Miré al hombre, le dije que tenía miedo y le mostré la mochila como diciendo “qué hago”. El hombre me ordenó con gestos que me sentase atrás del gordito, me agarró la mochila y me saludó con la mano. Al miedo por la montaña rusa se le sumó el miedo a perder el pasaporte y otras cosas valiosas que tenía en mi mochila. Pero no tenía demasiado tiempo de pensar. Quizás esa sea la respuesta a todo, no pensar tanto, no dar el tiempo a pensar. Pensando se fortalecen los miedos.


Mi día ya estaba hecho pero después fui a la tienda vintage que sirvió de excusa para salir del hotel. Me compré un saco y una camisa.


Caminé hacia una parte muy linda que tiene el barrio de St. Pauli (que no es lindo en general). 




Entré a un café y me quedé leyendo a Patti Smith durante más de dos horas. “You never can pay too much for peace of mind”, responde cuando alguien le pregunta si pagó demasiado por un billete de lotería. “Nunca se paga demasiado por tener la mente tranquila”.
El precio, el costo. No es sólo por una cosa. Cuando pagué 5 euros por subir a esa montaña rusa, que duró poco más de un minuto, estaba pagando básicamente por no arrepentirme de no hacerlo, estaba pagando por la tranquilidad de mi mente. Y eso vale muchísimo. Además estaba pagando por perder el miedo.

Salí del café para encontrar el arcoiris más impresionante que vi en mi vida. Nunca había visto un arcoiris tan claro y grande. Para mí era como un puente enorme, "mañana es mi cumpleaños", pensé.



A la noche cenamos en el hotel con T. Un poco en broma hice una especie de repaso rápido por las cosas importantes del año que había pasado: gané un premio con la obra de teatro, escribí columnas que gustaron, casi terminé de editar el documental, murió alguien que quise mucho, conocí Colombia, Portugal, vinieron amigos españoles a Argentina. Parece poco pero yo siento que pasó mucho.
Ya cuando nos estábamos levantando de la mesa, T deslizó un “ah, ¡y nos casamos!”. Nos empezamos a reír a carcajadas. “Pequeño detalle”.


En el ascensor, con las copas de vino que nos llevamos a la habitación, T. dijo que las cosas van para más y para mejor. Yo también lo siento así. 

Hasta mañana. Y a ustedes, mis 39 años, hasta nunca. Gracias por todo.

lunes, 8 de agosto de 2016

DIARIO DE HAMBURGO -7

En el desayuno había una mesa reservada con flores. La agasajada era una mujer (¿de unos cuarenta y cinco años?). Lo supe por un pastel pequeño que le trajo la empleada del hotel cuando estuvieron todos sentados. Parecían una familia, los padres, mayores, y las dos hermanas, una de ellas era la que cumplía años. No sé bien lo de la edad, yo jamás diría que voy a cumplir cuarenta años, ¿qué verán los de afuera?
Al principio pensé “qué lindo” el desayuno que le prepararon. Pero ahí mismo me frené en seco. Putas y preconcebidas ideas sociales, de afuera uno ve a una mujer afortunada porque sus padres y su hermana la trajeron a un hotel y le armaron un desayuno sorpresa con regalos. Y lo primero que sale es qué suerte tiene. Después, escarbando un poco, distinguí que nada más alejado de mi deseo. Que la sociedad grita ¡familia, regalos, flores, protagonismo! Y yo pido estar tranquila, poder escribir, estar cerca de T, pensar, leer y crear. Poco de lo que la sociedad valora. La sociedad funciona por comparación, por relatividad. Volvemos a Confusio y al Daoísmo.

No se puede confiar en el clima de verano de Hamburgo. Si amanece soleado a la media hora está lloviendo y al mediodía brilla de nuevo el sol, gozando a los turistas que salieron con el paraguas. Llueve de sorpresa y de la misma manera se despeja. Será una de las pocas incertidumbres con las que convive esta gente. Yo ya lo tengo estudiado, me quedo leyendo y escribiendo hasta que pasan las tormentas de la mañana. Después salgo y todos contentos.




Ayer fui a ver una muestra sobre ElBosco al museo BUCERIUS KUNT FORUM. Tuve que pedir audioguía porque no había un solo cartel en inglés. Me gustó mucho verla así, con las voces relatando las obras como si fuesen cuentos.


También debo decir que aunque la audioguía favorece la concentración, es otra manera de ver que impide la libre interpretación por parte del que mira. Que te relaten el cuadro, que te indiquen cómo mirarlo y qué es lo que hay que ver, limita bastante la percepción individual, fundamental en toda obra de arte.

Me gustó el concepto de TEMPERANTIA.


Acá en Europa las monedas valen. Aunque ficticia, eso da la sensación de que se puede hacer mucho con muy poco.

Sigo leyendo el libro de Patti Smith,“M Train”, o Tren M, sería en español. De repente pienso que esa M en el nombre del libro se refiere al miedo, con el que empecé este diario. Mi único deseo verdadero de cumpleaños: perder algo de miedo. 
También puede referirse a la M de muerte, con los días que siguieron y esa muerte de alguien muy querido que me apenó muchísimo. 
Y, por último y bastante más egocéntrico, pienso que podría ser de María, en un tren. Así quizás recuerde este viaje, viajando sola en tren y en subte.

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En la obra de teatro que escribí, uno de los personajes dice que la vida es como un colectivo del que algunos se van bajando durante el viaje, cuando mueren. Un tren es una imagen mucho más linda, quizás debería cambiarlo. Aunque el tren tiene varios vagones, el colectivo es un solo espacio en donde viaja una generación. La palabra “colectivo” tampoco está mal. Así funciona mi cabeza, orden y contraorden, qué locura.

A la tarde fui a la galería de arte del director con el que está trabajando T. Está en una calle muy linda pero en una zona que no me gusta, ya la había recorrido. Mientras caminaba por ahí, sin ganas, pensaba ¿por qué tengo que hacer siempre las cosas que digo que voy a hacer? Si le digo a alguien que voy a ir a su galería, ¿no contemplo la opción de no ir? ¿Aunque no tenga ganas? ¿Es realmente necesario cumplir siempre con uno y con los demás?

Después vino el desarrollo de la tarde, la mejor tarde que pasé en Hamburgo. Vuelvo a sorprenderme con las vueltas que da siempre todo.

Ya en la calle de la galería, muy bella repito, entré a una tienda de ropa usada y me compré un cinturón y una campera de cuero que estoy segura pasarán a ser dos piezas fundamentales de mi vestuario. ¿Es necesario cumplir y hacer siempre las cosas que digo? ¿Era necesario ir a esa galería porque lo había prometido?

Ya en la galería GUDBERG NERGER, la exposición era de fotografía callejera y me encantó, me sacó varias sonrisas. La calle, para un artista, está llena de sorpresas si sabemos mirar. Retratar las calles es fascinante. Mientras miraba las fotos, una a una, no tenía idea de lo que me esperaba más tarde al intentar registrar las calles de Hamburgo.

Compré el libro de la muestra para T., porque me gustó y también para colaborar con alguien que favorece la difusión de artistas desconocidos. Me gusta colaborar, a mi pequeña manera, con la gente que hace cosas por amor al arte.

Cuando salí de ahí caminé unos poco metros y me llamó la atención este cartel:


Mientras sacaba la foto salió un chico apurado y me invitó a pasar a ver la muestra. Después supe que su nombre era Keno.

Keno y Nils, otro fotógrafo que estaba exponiendo con él, hicieron una serie sobre el sistema ferroviario de Albania. Los trenes allí son los descartes de Alemania, en vez de tirarlos a la basura los mandan a Albania. Las fotos eran blanco y negro, en película. Parecían de otra época.

Vi un cortometraje en súper 8mm que hizo Nils: filmó durante dos años una esquina en donde aún sobrevive un teléfono público, de los viejos.

El de la izquierda es Keno, el de rojo Nils.


Nils y Keno me contaron que viven en Berlín y que les prestaron el espacio para exhibir sus obras durante agosto en Hamburgo. Además de el hecho objetivo de que la gran mayoría de la gente se va de vacaciones en agosto, nadie, absolutamente nadie, ha entrado a ver la muestra que exponen. Yo fui la primera. Me contaron que salen a la calle a invitar a las personas con cerveza para llamarles la atención pero que ni siquiera los miran, que los ignoran por completo. Dos artistas, tras una inmensa vidriera que dice FOTOS, en un barrio de Hamburgo lleno de galerías de arte, y nadie les dirige una mirada ni de caridad. 
Keno dijo que estaba asombrado por lo cerrada que era la gente de la zona. Yo les conté que esa tarde, con ellos, era la primera vez que conectaba con gente alemana, que esa charla que estábamos teniendo, que suelo tener con gente cuando viajo, era la primera en una semana. 
Nos pasamos contactos. Les dije que deberían hacer algo con respecto a lo que experimentaban: dos artistas en una galería a la calle, con una inmensa vidriera, a la que la gente ignora por completo, como si fueran dos mendigos. 
¿Serían eso? ¿Somos eso? Mendigos implorando una mirada, una lectura, unos minutos. Sí, somos eso, lo vi en la exposición de El Bosco: los músicos son siempre pordioseros pidiendo una limosna. Somos eso. Rogamos un poco de atención y tiempo, un poquito, por favor, es muy importante, se lo ruego, que pase un momentito por mi blog y lea unas palabras, que se detenga para ver una foto, no sabe el bien que me haría si usted lee este poema, si escucha esta canción, se lo ruego, por favor, son sólo unos momentos de su tiempo.

Quizás yo sea la que haga algo con la idea: Nils y Keno pasando un mes de verano en una galería intentando que alguien los registre, que miren sus obras. Dos artistas mendigando.


En esta última foto yo siento que Nils está rezando, como implorando.

En otro orden de cosas, más tarde me pegó un turco. No es una manera de decir, es literal, me golpeó un joven turco en la calle.

Me senté en las escalinatas de Lago Alster a tomar un café y a escribir. Atrás mío, una pandilla de jóvenes con música en un altoparlante se puso a bailar. El día anterior había visto al grupo de swing y los había grabado en ese video que nunca les pude compartir por las falencias tecnológicas alemanas.
Ayer, desde lejos, quise grabar a los jóvenes bailando pero cuando uno de ellos, que estaba de espaldas a mí, se enteró se giró como una fiera.

Me empezó a gritar que le de el teléfono con una violencia desbocada. Ante el miedo y la sorpresa, me quedé paralizada, guardé el teléfono y le dije que sólo había sacado una foto, que estábamos en el lugar más turístico de Hamburgo y que tenía derecho a sacar una foto del lago. No me dio tiempo a explicarle lo de la muestra de fotografía callejera ni nada de eso. El chico gritaba como loco y hacía señas de que el lago estaba hacia el otro lado. Llamó a sus amigas que hablaban inglés y les ordenó, con la misma violencia con la que me hablaba a mí, que me tradujeran que le diera el teléfono con el video. Quiso agarrar mi mochila y empezó a empujarme. Yo miraba a sus amigas y les decía “this is crazy, leave me alone.” Nadie alrededor hacía nada. Era una situación de esas en que uno creería que en algún momento el violento se va a calmar, va a desistir y a entrar en razón, pero no fue el caso. Cuando agarré mis cosas para irme, el violento me siguió y me empujó con fuerza. Estoy segura de que si yo hubiese sido un hombre las cosas hubiesen sido muy diferentes. Ya no sabía que hacer, miré alrededor “somebody do something”. Ahí interfirieron dos alemanes que medían dos metros. Uno directamente llamó a la policía, cosa que me pareció un poco extrema. Lo escuché diciendo “turist”. Era rubio, alto y absolutamente impoluto. El "protoalemán". De repente la situación se me hizo muy extraña, aunque seguía temblando y mirando hacia atrás para comprobar si el violento me seguía, no estaba segura de qué lado estar.

Caminando por el parque vi el video, al tipo ni se le ve la cara excepto cuando se gira para venir a empujarme. Pensé en borrarlo, tal era mi paranoia, me daba miedo el sólo hecho  de tenerlo. Pero uno de los deseos para mi nuevo año, que empieza mañana, es perder el miedo. Así que me animo a poner el video acá, y que sea lo que Dios quiera. 
Así se animaron todos los artistas de la historia que sacaron fotos o hicieron videos en la calle. No hay uso comercial, es arte, es para unos pocos, y a veces ni siquiera.

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Pienso: si uno no quiere que lo filmen o lo fotografíen, ¿se pone a bailar en el medio de la Puerta del Sol o de la Plaza de Mayo? ¿La nueva libertad será acaso poder bailar en cualquier sitio sin ser capturado por una cámara? ¿El espacio público no puede ser registrado libremente? ¿Qué diferencia había entre que fuese una fotografía o un video? ¿No puedo sacar una foto al obelisco porque hay una persona parada enfrente? ¿En cuántas fotos y videos de otros turistas está mi imagen? Todos dilemas que plantea el registro callejero.

Caminando por el lago, con el atardecer, me fui calmando.



De repente me dio muchísima ternura la manera de correr de la gente, ¿se fijaron en la forma tan extraña de correr de algunas personas?

La manera de correr debe decir mucho sobre la gente.


 


 





“De que hablo cuando hablo decorrer”, de Murakami, me encantó ese libro. Escribir y correr, es todo lo mismo. Me acuerdo siempre de la importancia que Murakami le da al vestuario para correr. El vestuario como el escritorio, como la silla indicada para pasar horas frente a la máquina escribiendo, lo que rodea el acto, las herramientas, el ritual. Vestirse como un corredor para poder correr, para creernos que podemos correr. Y después correr.

Patti Smith cuenta en el libro que se leyó toda la obra de Murakami. Yo leí algunas cosas, pocas, el de correr y escribir es el libro de él que más me gustó hasta ahora.










Estas ideas, notas, estas imágenes, son crudas, ni las reviso. Pero no crean que por eso no me llevan tiempo. El tiempo dedicado no es proporcional a la poca rigurosidad de la escritura.

La verdadera comunicación se construye de persona en persona, nunca en grupos grandes. El trabajo de expresarse es minucioso y bastante personal, creo que así es también cualquier tipo de arte, así se encara por lo menos, minuciosamente dirigido hacia algunos. Lo popular, lo exitoso, lo amplio, eso es otra cosa.

Ayer una amiga me advirtió que había escrito “intrínsica” en vez de “intrínseca”. Mi hermana notó que me faltaba una palabra en una frase. Algunos  lectores del blog me hicieron saber que disfrutan este diario, con todos sus defectos. 

Yo me siento cada mañana y escribo, mendigando al universo que alguien pase por acá y me acompañe unos minutos en este viaje.