domingo, 4 de septiembre de 2016

Léxico familiar

Somos cinco hermanos. Vivimos en distintas ciudades y algunos en el extranjero, pero no solemos escribirnos. Cuando nos vemos, podemos estar indiferentes o distraídos los unos de los otros, pero basta que uno de nosotros diga una palabra, una frase, una de aquellas antiguas frases que hemos oído y repetido infinidad de veces en nuestra infancia, nos basta con decir: "No hemos venido a Bérgamo a hacer campamento" o "¿A qué apesta el ácido sulfhídrico?", para volver a recuperar de pronto nuestra antigua relación y nuestra infancia y juventud, unidas indisolublemente a aquellas frases, a aquellas palabras. Una de aquellas frases o palabras nos haría reconocernos los unos a los otros en la oscuridad de una gruta o entre millones de personas. Esas frases son nuestro latín, el vocabulario de nuestros días pasados, son como jeroglíficos de los egipcios o de los asiriobabilonios: el testimonio de un núcleo vital que ya no existe, pero que sobrevive en sus textos, salvados de la furia de las aguas, de la corrosión del tiempo. Esas frases son la base de nuestra unidad familiar, que subsistirá mientras permanezcamos en el mundo, recreándose y resucitando en los puntos más diversos de la tierra. De tal forma que, cuando uno de nosotros diga: "Distinguido señor Lipmann", la voz impaciente de mi padre resonará en nuestros oídos: "Dejad esa historia. ¡La he oído ya muchas veces!".


(Fragmento de "Léxico familiar", de Natalia Ginzburg)

miércoles, 31 de agosto de 2016

Natalia Ginzburg sobre la educación de los hijos:

Por lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo de éxito, sino el deseo de ser y de saber.
Sin embargo, casi siempre hacemos lo contrario. Nos apresuramos a enseñarles el respeto a las pequeñas virtudes, fundando en ellas todo nuestro sistema educativo. De esta manera elegimos el camino más cómodo, porque las pequeñas virtudes no encierran ningún peligro material, es más, nos protegen de los golpes de la suerte. Olvidamos enseñar las grandes virtudes y, sin embargo, las amamos, y quisiéramos que nuestros hijos las tuviesen, pero abrigamos la esperanza de que broten espontáneamente en su ánimo, un día futuro, pues las consideramos de naturaleza instintiva, mientras que las otras, las pequeñas, nos parecen el fruto de una reflexión, de un cálculo, y por eso pensamos que es absolutamente necesario enseñarlas.
En realidad, la diferencia es sólo aparente. También las pequeñas virtudes provienen de lo más profundo de nuestro instinto, de un instinto de defensa, pero en ellas la razón habla, sentencia, diserta, brillante abogado de la incolumidad personal. Las grandes virtudes provienen de un instinto en el que la razón no habla, un instinto al que me resultaría difícil poner nombre. Y lo mejor de nosotros está en ese mudo instinto, y no en nuestro instinto de defensa, que argumenta, sentencia, diserta con la voz de la razón.
La educación no es más que una cierta relación que establecemos entre nosotros y nuestros hijos, un cierto clima en el que florecen los sentimientos, los instintos, los pensamientos. Ahora bien, yo creo que un clima inspirado por completo en el respeto a las pequeñas virtudes hace madurar insensiblemente para el cinismo, para el miedo a vivir. Las pequeñas virtudes en sí mismas no tienen nada que ver con el cinismo, con el miedo a vivir, pero todas juntas, y sin las grandes, generan una atmósfera que lleva a esas consecuencias. No quiero decir que las pequeñas virtudes, en sí mismas, sean despreciables, sino que su valor es de importancia complementaria y no sustancial, no pueden estar solas sin las otras, y solas sin las otras son pobre alimento para la naturaleza humana. El hombre puede encontrar a su alrededor y beber del aire la manera de ejercitar las pequeñas virtudes, en medida moderada y cuando sea del todo indispensable, porque las pequeñas virtudes son de un orden muy común y difundido entre los hombres. Pero las grandes virtudes no se respiran en el aire, y deben constituir la primera sustancia de la relación con nuestros hijos, el principal fundamento de la educación. Además, lo grande puede contener también lo pequeño, pero lo pequeño, por ley de la naturaleza, no puede de ninguna manera contener lo grande.
En las relaciones con nuestros hijos, no sirve que intentemos recordar e imitar las formas que utilizaron nuestros padres con nosotros. Nuestra juventud y nuestra infancia no fueron épocas de pequeñas virtudes, sino que fueron épocas de palabras fuertes y sonoras que, sin embargo, iban perdiendo poco a poco su sustancia. La de ahora es una época de palabras sumisas y frías, tras las cuales aflora tal vez el deseo de una reconquista. Pero es un deseo tímido, cargado de miedo al ridículo. Por ese motivo nos revestimos de prudencia y astucia. Nuestros padres no conocían ni la prudencia ni la astucia, no conocían el miedo al ridículo; eran inconsecuentes e incoherentes, pero nunca se daban cuenta. Se contradecían continuamente, pero jamás admitían haberlo hecho. Usaban con nosotros una autoridad que nosotros seríamos absolutamente incapaces de usar. Con la fuerza de sus principios, que creían indestructibles, reinaban sobre nosotros con poder absoluto. Nos aturdían con palabras atronadoras; el diálogo no era posible, porque en cuanto sospechaban que no tenían razón, nos mandaban callar, asestaban un puñetazo en la mesa, haciendo temblar la habitación. Nosotros recordamos aquel gesto, pero no sabríamos imitarlo. Podemos enfurecernos, aullar como lobos, pero, en el fondo de nuestros aullidos de lobo, hay un sollozo histérico, un ronco balido de cordero.
Nosotros, pues, no tenemos autoridad: no tenemos armas. En nosotros, la autoridad sería una hipocresía y una simulación. Somos demasiado conscientes de nuestra debilidad, demasiado melancólicos e inseguros, demasiado conscientes de nuestras inconsecuencias e incoherencias, demasiado conscientes de nuestros defectos; hemos buceado demasiado a fondo en nuestro interior y hemos visto en nosotros demasiadas cosas. Y como no tenemos autoridad, debemos inventar otra relación.
Hoy que el diálogo entre padres e hijos se ha hecho posible–posible aunque todavía difícil, todavía cargado de prevenciones recíprocas, de recíprocas timideces e inhibiciones–es preciso que nos revelemos en este diálogo tal cual somos: imperfectos, confiados en que ellos, nuestros hijos, no se nos parezcan, que sean más fuertes y mejores que nosotros.
Dado que a todos, de un modo u otro, nos abruma el problema del dinero, la primera pequeña virtud que se nos ocurre enseñarles a nuestros hijos es el ahorro. Les regalamos una hucha, explicándoles lo bonito que es conservar el dinero en lugar de gastarlo, de manera que, al cabo de meses, haya mucho, una buena cantidad de dinero, lo bonito que es resistir a la tentación de gastar, para poder comprar, al final, algún objeto de valor. Recordamos que en nuestra infancia nos regalaron una hucha igual, pero nos olvidamos de que, en la época de nuestra infancia, el dinero, y el gusto por conservarlo, eran menos horribles y sucios que hoy: porque el dinero, cuanto más pasa el tiempo, más sucio es. La hucha es, pues, nuestro primer error. Hemos instalado en nuestro sistema educativo una pequeña virtud.
Esa hucha de barro, de aspecto inocuo, en forma de pera o manzana, habita durante meses y meses en la habitación de nuestros hijos, y ellos se acostumbran a su presencia, se acostumbran al placer de introducir, día tras día, las monedas por la ranura, se acostumbran al dinero guardado allí dentro que, en el secreto y en la oscuridad, crece como una simiente en las entrañas de la tierra; se aficionan al dinero, al principio con inocencia, como se aficionan a todas las cosas que crecen gracias a nuestro celo, plantas o animales; y siempre admirando ese objeto costoso visto en un escaparate, y que será posible comprar, como nosotros les hemos dicho, con el dinero así ahorrado. Al final, cuando se rompe la hucha y se gastan los ahorros, los niños se sienten solos y decepcionados. En la habitación y ano está el dinero, custodiado en el vientre de la manzana, y tampoco está la manzana rosada, lo que sí está es un objeto admirado durante mucho tiempo en el escaparate, del que nosotros les hemos hecho apreciar su importancia y su valor, pero que ahora, en la habitación, parece gris y desangelado, deslucido después de tanta espera y de tanto dinero. De esta decepción los niños no culparán al dinero, sino al objeto mismo, porque el dinero perdido conserva en la memoria todas sus halagüeñas promesas. Los niños pedirán una nueva hucha y nuevo dinero para custodiar. Pondrán en el dinero unos pensamientos y una atención que está mal que pongan. Preferirán el dinero a las cosas. No está mal que hayan sufrido una decepción, está mal que se sientan solos sin la compañía del dinero.
No deberíamos enseñar a ahorrar; deberíamos acostumbrar a gastar. Deberíamos darles a menudo a los niños algo de dinero, pequeñas sumas sin importancia, estimulándolos a gastarlas de inmediato y como más les guste, siguiendo un súbito capricho. Los niños comprarán alguna chuchería, que olvidarán enseguida, como olvidarán enseguida el dinero gastado tan deprisa y sin reflexionar, y al cual no se han aficionado. Al encontrarse entre las manos esas chucherías, que se romperán de inmediato, los niños se sentirán un tanto decepcionados, pero se olvidarán rápidamente de la decepción, de las chucherías y del dinero, es más, asociarán el dinero a algo momentáneo y estúpido, y pensarán que el dinero es estúpido, como es justo que se piense en la infancia.
En los primeros años de su vida, es justo que los niños vivan ignorando lo que es el dinero. Si somos demasiado pobres, a veces esto es imposible; y a veces es difícil porque somos demasiado ricos. Sin embargo, cuando somos muy pobres, cuando el dinero está estrechamente ligado a una cuestión de supervivencia cotidiana, a una cuestión de vida o muerte, entonces a los ojos de un niño el dinero se traduce inmediatamente en comida, en carbón o en ropa, y no tiene ocasión de dañar su espíritu. Pero si no estamos ni aquí ni allí, si no somos ni ricos ni pobres, no es difícil dejar que un niño viva su infancia sin saber bien qué es el dinero y sin preocuparse en absoluto por él. No obstante, ni demasiado pronto ni demasiado tarde, es necesario acabar con esta ignorancia. Y si tenemos dificultades económicas, es necesario que, ni demasiado pronto ni demasiado tarde, nuestros hijos sean puestos al corriente de ello, del mismo modo que es justo que en un momento dado compartan con nosotros nuestras preocupaciones, nuestros motivos de alegría, nuestros proyectos y todo cuanto concierne a la vida familiar. Al acostumbrarlos a considerar el dinero como algo familiar, como una cosa que nos pertenece a nosotros y a ellos en igual medida, y no más a nosotros que a ellos, o al contrario, podremos invitarlos a ser sobrios, a tener cuidado con el dinero que gastan. De esta manera, la invitación al ahorro ya no significa respeto a una pequeña virtud, no es una invitación abstracta a tenerle respeto a una cosa que en sí misma no merece respeto alguno, como el dinero, sino que es una manera de recordar a los niños que el dinero de casa no es mucho, es una invitación a sentirse adultos y responsables ante una cosa que nos pertenece tanto a nosotros como a ellos, una cosa no especialmente bonita ni amable, sino seria, porque está ligada a nuestras necesidades cotidianas. Pero ni demasiado pronto ni demasiado tarde: el secreto de la educación radica en adivinar el momento exacto.
Ser sobrios con nosotros mismos y generosos con los demás: esto significa tener una relacio´n justa con el dinero, ser libres frente al dinero. Y no cabe duda de que en las familias donde el dinero se gana y se gasta enseguida, donde fluye como agua limpia de la fuente, y, prácticamente, no existe como dinero, es menos difícil educar a un niño en semejante equilibrio, en semejante libertad. Las cosas se complican donde el dinero existe, y existe pesadamente, agua plomiza y estancada que exhala fermentos y olores. Los niños advierten enseguida la presencia de este dinero en la familia, potencia oculta, de la que no se habla nunca en términos claros, pero a la que los padres aluden, conversando entre ellos, con nombres complicados y misteriosos, con una plomiza fijeza en los ojos, con una mueca amarga en los labios; dinero que no se vuelve a poner simplemente en el cajón del escritorio, sino que domina quién sabe dónde, y podría de un momento a otro ser reabsorbido por la tierra, desaparecer para siempre sin remedio, engullendo a la familia y la casa. En tales familias, se advierte continuamente a los niños que gasten con parsimonia. Todos los días, cuando la madre les entrega algo de calderilla para el tranvía, los invita a tener cuidado y a ahorrar. Y en la mirada de la madre se advierte esa plomiza preocupación, en su frente se ve esa arruga profunda, que aparece siempre que se habla de dinero; existe el negro espanto de que todo el dinero desaparezca en la nada, y de que incluso esa calderilla pueda representar el primer polvillo de un derrumbe súbito y mortal. Los niños de tales familias con frecuencia van a la escuela con ropas gastadas y zapatos raídos, y tienen que suspirar largamente, a veces en vano, por una bicicleta o una cámara fotográfica, objetos que algunos de sus compañeros, sin duda más pobres, poseen desde hace tiempo. Y después, cuando les regalan la bicicleta que desean, el regalo va acompañado de la severa recomendación de no estropearla, de no prestar a nadie un objeto tan lujoso, que ha costado tanto dinero. En casa, las llamadas a la economía son perennes e insistentes: existe la orden de comprar los libros de la escuela de segunda mano, los cuadernos en los almacenes Standard. Esto ocurre en parte porque los ricos suelen ser avaros, y porque se creen pobres; pero, sobretodo, porque en las familias ricas, las madres, más o menos inconscientemente, temen las consecuencias del dinero y tratan de proteger contra ellas a sus hijos formando a su alrededor una ficción de costumbres sencillas, acostumbrándolos incluso a pequeñas privaciones. Pero no existe peor error que hacer vivir a un niño en semejante contradicción: el dinero habla en cada rincón de la casa con su lenguaje inconfundible, está presente en las porcelanas, en el mobiliario, en la pesada cubertería de plata, está presente en los viajes cómodos, en las ostentosas vacaciones, en los saludos del portero, en las formalidades de los criados. Está presente en las conversaciones de los padres, es la arruga en la frente del padre, la plomiza perplejidad de la mirada materna; el dinero está en todas partes, intocable, porque quizá es espantosamente frágil, es algo con lo que no está permitido bromear, un dios fúnebre al que no podemos dirigirnos más que con un susurro. Y para honrar a este dios, para no molestar su luctuosa inmovilidad, es preciso llevar el abrigo del año anterior que se ha quedado estrecho, estudiar la lección en los libros descuadernados y sucios, divertirse con la bicicleta del campesino.
Si queremos educar a nuestros hijos, siendo ricos, en costumbres sencillas, debe quedar bien claro que todo el dinero ahorrado utilizando semejantes costumbres suele gastarlo sin parsimonia otra gente. Semejantes costumbres tienen sentido sólo si no son avaricia o temor, sino libre elección de la sencillez, en medio de la riqueza. Un niño de familia rica no aprende a ser sobrio porque se lo obligue a llevar ropa vieja, o porque se lo obligue a merendar manzanas verdes, o porque se lo prive de una bicicleta que desea desde hace tiempo. Esa sobriedad en medio de la riqueza es pura ficción, y las ficciones son siempre deseducadoras. De esta manera sólo aprenderá a ser avaricioso y a a tenerle miedo al dinero. Privándolo de una bicicleta que desea y que podríamos comprarle, no haremos más que frustrarlo en una cosa legítima para un niño, no haremos más que hacer que su infancia sea menos feliz, en nombre de un principio abstracto, sin justificación en la realidad. Y, tácitamente, estaremos afirmando ante él que el dinero es mejor que una bicicleta, cuando, en realidad, es preciso que él sepa que una bicicleta es siempre mejor que el dinero.
La verdadera defensa ante la riqueza no es el miedo a la riqueza, a su fragilidad, a las viciosas consecuencias que puede tener. La verdadera defensa ante la riqueza es la indiferencia ante el dinero. Para educar a un niño en esta indiferencia, no hay otra manera que la de darle dinero para gastar, cuando se tiene dinero, para que aprenda a separarse de él sin dolor y sin arrepentimiento. Se me dirá que así el niño se acostumbra a tener dinero para gastar, y que no podrá pasar sin él, y que si el día de mañana no es rico, ¿cómo se las arreglará? Pero es más fácil no tener dinero cuando hemos aprendido a gastarlo, cuando hemos aprendido cómo se escurre deprisa entre las manos; es más fácil pasar sin dinero cuando lo hemos conocido bien que cuando le hemos dedicado, en la infancia, reverencia y miedo, cuando hemos sentido su presencia a nuestro alrededor y no nos han permitido levantar la vista para mirarlo a la cara.
En cuanto nuestros hijos empiezan a ir a la escuela, nosotros les prometemos dinero como premio si estudian mucho. Es un error. De este modo mezclamos el dinero, que es una cosa sin nobleza, con una cosa meritoria y digna, como es el estudio y el placer del conocimiento. El dinero que damos a nuestros hijos, deberíamos dárselo sin motivo; deberíamos dárselo con indiferencia, para que aprendan a recibirlo con indiferencia; y deberíamos dárselo no para que aprendan a amarlo, sino para que aprendan a no amarlo, a comprender su verdadero carácter, y su impotencia para satisfacer los deseos más auténticos, que son los del espíritu. Elevando el dinero a la función de premio, de punto de llegada, de objetivo que alcanzar, le damos un lugar, una importancia, una nobleza, que no debería tener a los ojos de nuestros hijos. Afirmamos implícitamente el principio–falso–de que el dinero es la coronación de un esfuerzo y su término final. En cambio, el dinero debería ser concebido como el salario de un esfuerzo: no su término final, sino su salario, es decir, su legítimo crédito, y es evidente que los esfuerzos escolares de los niños no pueden tener un salario. Es un error menor, pero error al fin, ofrecer dinero a los hijos a cambio de pequeñas tareas domésticas, de pequeñas prestaciones. Es un error porque, para nuestros hijos, nosotros no somos empleadores; el dinero familiar les pertenece tanto como a nosotros, esos pequeños servicios, esas pequeñas prestaciones deberían carecer de compensación, ser una voluntaria colaboración en la vida familiar. Y en general, creo que hay que ser muy cautos al prometer y suministrar premios y castigos. Porque la vida rara vez tendrá premios y castigos. Con frecuencia, los sacrificios no tienen ningún premio, y a menudo, las malas acciones no son castigadas, al contrario, a veces son espléndidamente recompensadas con éxito y dinero. Por eso es mejor que nuestros hijos sepan desde la infancia que el bien no recibe recompensa y el mal no recibe castigo, y que, sin embargo, es preciso amar el bien y odiar el mal, y no es posible dar una explicación lógica de esto.
Acostumbramos a dar al rendimiento escolar de nuestros hijos una importancia del todo infundada. Y esto no es sino respeto por la pequeña virtud del éxito. Debería bastarnos con que no quedaran demasiado rezagados con respecto a los demás, con que no les suspendieran en los exámenes, pero nosotros no nos contentamos con esto. Les exigimos el éxito, queremos que satisfagan nuestro orgullo. Si van mal en la escuela, o simplemente no tan bien como nosotros pretendemos, alzamos de inmediato entre ellos y nosotros la barrera del descontento constante. Adoptamos con ellos el tono de voz enfurruñado y lloroso de quien lamenta una ofensa. Entonces nuestros hijos, aburridos, se alejan de nosotros. O bien los secundamos en sus protestas contra los maestros que no los han comprendido, adoptamos con ellos el papel de víctimas de una injusticia. Y todos los días les corregimos los deberes, es más, nos sentamos a su lado cuando hacen los deberes, estudiamos con ellos las lecciones. En realidad, para un niño, la escuela debería ser desde el principio la primera batalla que debe enfrentar solo, sin nosotros; desde el principio debería quedar claro que es un campo de batalla suyo, donde nosotros no podemos prestarle más que una ayuda ocasional e irrisoria. Y si en él sufre injusticias o es incomprendido, es necesario hacerle entender que no tiene nada de raro, porque en la vida tenemos que esperar  ser continuamente incomprendidos e ignorados, y ser víctimas de injusticias, y lo único que importa es no cometer injusticias nosotros mismos. Los éxitos o fracasos de nuestros hijos los compartimos con ellos porque los queremos, pero del mismo modo y en la misma medida en que ellos comparten, cuando van creciendo, nuestros éxitos y fracasos, nuestras alegrías o preocupaciones. Es falso que ellos tengan el deber, ante nosotros, de ser aplicados en la escuela o de dar al estudio lo mejor de su ingenio. Puesto que los hemos encaminado hacia los estudios, el deber de ellos ante nosotros es, simplemente, el de salir adelante. Si quieren emplear lo mejor de su ingenio no en la escuela, sino en otra cosa que los apasione, coleccionar coleópteros o estudiar la lengua turca, es cosa suya, y no tenemos ningún derecho a reprochárselo, a mostrarnos ofendidos en nuestro orgullo, frustrados. Si por el momento no muestran inclinación a emplear lo mejor de su ingenio en nada, y se pasan los días sentados a su mesa masticando un lápiz, ni siquiera en ese caso tenemos derecho a regañarlos demasiado; quién sabe, a lo mejor lo que a nosotros nos parece ocio es en realidad fantasía y reflexión que, el día de mañana, dará sus frutos. Si parece que derrochan lo mejor de sus energías y de su ingenio, tumbados en un sofá leyendo novelas estúpidas, o enloquecidos en un prado jugando a fútbol, ni siquiera entonces podemos saber si verdaderamente se trata de derroche de energía y de ingenio, o si también esto, el día de mañana, en alguna forma que ignoramos, dará sus frutos. Porque las posibilidades del espíritu son infinitas. Pero nosotros, los padres, no debemos dejarnos vencer por el pánico al fracaso. Nuestros reproches deben ser como ráfagas de viento o de temporal: violentos, pero olvidados enseguida, nada que pueda oscurecer la naturaleza de nuestras relaciones con nuestros hijos, enturbiar la limpidez y la paz. Nosotros estamos para consolar a nuestros hijos, si un fracaso los entristece. Estamos para bajarles los humos, si un éxito los ha envanecido. Estamos para reducir la escuela a sus humildes y estrechos límites; nada que pueda hipotecar el futuro, una simple oferta de instrumentos, entre los cuales es posible elegir uno del que quizá, el día de mañana, se valgan.
Lo que debemos realmente apreciar en la educación es que a nuestros hijos no les falte nunca el amor a la vida. Puede adoptar diversas formas, y a veces, al niño desganado, solitario y huraño no le falta el amor a la vida, ni está oprimido por el miedo a vivir, sino que se encuentra, simplemente, en situación de espera, entregado a prepararse a sí mismo para la propia vocación. ¿Y qué es la vocación de un ser humano, sino la más alta expresión de su amor a la vida? Nosotros debemos esperar, a su lado, a que su vocación despierte y tome cuerpo. Su actitud puede parecerse a la del topo o la lagartija, que permanecen inmóviles, fingiéndose muertos, cuando en realidad olfatean y espían las huellas del insecto sobre el que se lanzarán de un salto. A su lado, pero en silencio y un poco apartados, debemos esperar el despertar de su espíritu. No debemos pretender nada; no debemos pedir o esperar que sea un genio, un artista, un héroe o un santo; y sin embargo, debemos estar dispuestos a todo. Nuestra espera y nuestra paciencia deben contener la posibilidad del más alto y el más modesto destino.
Una vocación, una pasión ardiente y exclusiva por algo que no tenga nada que ver con el dinero, la conciencia de poder hacer algo mejor que los demás, y amar ese algo por encima de todo, es la única posibilidad para un niño rico, de no estar en absoluto condicionado por el dinero, de ser libre ante el dinero, de no sentir, entre los demás, ni el orgullo de la riqueza ni su vergüenza. El niño no se fijará siquiera en la ropa que lleva, en las costumbres que lo rodean, y el día de mañana será capaz de cualquier privación, porque en él la única hambre y la única sed serán su pasión misma, que habrá devorado todo lo que es fútil y provisional, que lo habrá despojado de toda costumbre o actitud adquirida en la infancia, y reinará sola sobre su espíritu. La única verdadera salud y riqueza del hombre es una vocación.
¿Qué posibilidades tenemos nosotros de despertar y estimular en nuestros hijos el nacimiento y el desarrollo de una vocación? No tenemos muchas; sin embargo, quizá tengamos alguna. El nacimiento y el desarrollo de una vocación requieren espacio, espacio y silencio, el libre silencio del espacio. La relación que existe entre nosotros y nuestros hijos debe ser un intercambio vivo de pensamientos y sentimientos, y, sin embargo, debe comprender también profundas zonas de silencio; debe ser una relación íntima y, sin embargo, no mezclarse violentamente con su intimidad; debe ser un justo equilibrio entre silencio y palabras. Nosotros debemos ser importantes para nuestros hijos, pero no demasiado. Debemos gustarles un poco, pero no demasiado, para que no se les ocurra llegar a ser idénticos a nosotros, copiar el trabajo que hacemos, buscar nuestra imagen en los compañeros que eligen para toda la vida. Debemos tener con ellos una relación de amistad, pero no debemos ser demasiado amigos de ellos, para que no les resulte difícil tener verdaderos amigos, para que no les resulte difícil tener verdaderos amigos, a quienes puedan contar cosas de las que con nosotros no hablan. Es preciso que su búsqueda de la amistad, su vida amorosa, su vida religiosa, su búsqueda de una vocación estén rodeadas de silencio y de sombra, que se desarrollen al margen de nosotros. Se me dirá que, entonces, nuestra intimidad con nuestros hijos se reduce a poca cosa. Pero en nuestras relaciones con ellos, todo esto debe estar contenido a grandes rasgos, tanto la vida religiosa, como la vida de la inteligencia, la vida afectiva, el juicio sobre los seres humanos. Debemos ser para ellos un simple punto de partida, ofrecerles el trampolín desde el cual darán el salto. Y debemos estar allí para ayudarlos, si es que necesitan ayuda; nuestros hijos deben saber que no nos pertenecen, pero que nosotros sí les pertenecemos, siempre disponibles, presentes en el cuarto de al lado, dispuestos a responder como sepamos a toda posible pregunta, a toda petición.
Y si nosotros mismos tenemos una vocación, si no la hemos traicionado, si a través de los años hemos seguido amándola, sirviéndola con pasión, en el amor que profesamos a nuestros hijos podemos mantener alejado de nuestro corazón el sentido de la propiedad. Si, por el contrario, carecemos de una vocación, o si la hemos abandonado y traicionado, por cinismo o por miedo a vivir, o por un mal entendido amor paterno, o por cualquier pequeña virtud que se ha instalado en nosotros, entonces nos agarramos a nuestros hijos como el náufrago al tronco de un árbol, pretendemos enérgicamente de ellos que nos devuelvan cuanto les hemos dado, que sean absolutamente y sin salida posible tal como los queremos, que obtengan de la vida todo aquello que a nosotros nos ha faltado. Terminamos por pedirles todo aquello que sólo puede darnos nuestra propia vocación, queremos que sean en todo obra nuestra, como si, por haberlos procreado una vez, pudiéramos seguir procreándolos a lo largo de toda la vida. Queremos que sean en todo obra nuestra, como si se tratase, no de seres humanos, sino de obras del espíritu. Pero si nosotros mismos tenemos una vocación, si no hemos renegado de ella ni la hemos traicionado, entonces podemos dejarlos germinar tranquilamente fuera de nosotros, rodeados de la sombra y el espacio que requiere el brote de una vocación, el brote de un ser. Esta es, quizá, la única posibilidad que tenemos de resultarles de alguna ayuda en la búsqueda de una vocación, tener nosotros mismos una vocación, conocerla, amarla y servirla con pasión, porque el amor a la vida genera amor a la vida.

sábado, 13 de agosto de 2016

miércoles, 10 de agosto de 2016

DIARIO DE HAMBURGO -9

Último día del viaje. Primer día de un año nuevo para mi.



Me desperté sola, T. se había ido a trabajar a las seis de la mañana.
Bajé a desayunar. Como todos los días desde que estamos acá, escribí. Este diario y, entre  otras cosas, transcribí estas notas que había tomado en las escalinatas del lago Alster, antes de que el joven turco se pusiese a bailar y me atacase con violencia por haberlo grabado (lo relaté en el diario de Hamburgo #7):

Hoy, ganas de estar en la calle. Tomo un cappuccino frente al lago Alster.
Qué diferente comen los hombres que las mujeres. Los hombres ingieren como si la comida fuese invisible y se evaporara apenas entra a la boca, parece que no se estuviesen metiendo nada en el cuerpo. Las mujeres le ponen más peso a todo.
Aquí estoy, llegando a la mitad de mi vida. No creo que de aquí sea para abajo, como dicen. Creo que de aquí para arriba y arriba y arriba, hasta desaparecer. Cada día que pasa me siento más yo misma.
Quizás la niñez sea la etapa más interesante, no creo que sea la más feliz. Uno aprende a conectarse con uno mismo con el tiempo. A mayor madurez, mayor conexión y mayor bienestar.
Me siento muy afortunada de tener la escritura y el dibujo como herramientas. ¿Poder usarlas? Soy la mujer biónica.

La verdad es que fueron bien interrumpidas estas notas anteriores, no aportan demasiado.

Hacía un frío que, en verano, no venía a cuento. Salí del hotel a comer una sopa de verduras y a terminar el libro de Patti Smith que me compré recién llegada a la ciudad en el primer museo. Patti Smith ha sido una gran compañera de viaje y le estoy muy agradecida. Hay libros que acompañan, que se dejan leer con ganas en cualquier lado. Otros demandan que los acompañes vos, te exigen. “M Train” es de los primeros. Me encantaron las reflexiones sobre los objetos perdidos, ¿adónde van? Las cosas tienen vida propia, eso seguro. Su manera de ver la vida, sus dificultades para escribir, sus viajes, su capacidad de pasar días enteros sola, su necesidad de registrar, su poca memoria con respecto a los libros que lee, su amor por su marido, por el cine. Todas cosas con las que me siento muy identificada.
“Home is a desk”, escribe. Mi hogar también es una mesa donde poder escribir y dibujar.


Fui al rodaje a visitar a T. Qué incómodo y aburrido es presenciar una filmación sin estar trabajando en ella. Pensar que dediqué casi veinte años a ese trabajo. Parece la vida de otra persona.


Cuando terminaron la jornada, fuimos a brindar por mi cumpleaños al Café Paris.


Entre sus habitués, Henry Miller y Hemingway. ¿Qué mejor manera de empezar el año que en un lugar en donde estuvieron estos dos genios? Sobre todo Henry Miller, para mí es Dios. Hace poco leí “Los diarios de la edad del pavo” de Fabián Casas y su devoción a Henry Miller me recordó a la mía. Era fanatismo lo que tuve en un período de mi vida por sus libros. Los de Anaïs Nin también, leía todo lo que tuviese que ver con Henry Miller, estaba fascinada con su escritura. Nota: volver a esos libros.



A la noche nos invitaron a cenar a un lugar que se llama Hendriks para festejar el fin de la filmación. Yo no conocía a nadie pero me cantaron “feliz cumpleaños” y soplé las velitas. T. me dirigió unas palabras y, de alguna extraña, mágica e improvisada manera, terminé siendo el corazón de la fiesta.

Si no estuviese el lago Alster, me hubiese costado mucho ubicarme en el mapa de Hamburgo. Los nombres de las calles son imposibles de largos e irrecordables. El lago lo ordena todo, el lago te indica.
Me hubiese perturbado perder el mapa en la mitad del viaje. Desde que llego a una ciudad, hasta que me voy, necesito usar siempre el mismo mapa, que tenga las referencias de los lugares por donde voy pasando, las marcas son las que me ubican en dónde estuve y por dónde me falta ir.



Ahora dejo el territorio. Me llevo el mapa.



Y también dejo este diario, huella de los momentos que pasé en Hamburgo. Registro del umbral en el que comienzo la segunda parte de mi vida.


martes, 9 de agosto de 2016

DIARIO DE HAMBURGO -8

Durante la mañana escribí, este diario y otras cosas.

Ya pasado el mediodía, no sabía muy bien qué hacer, no me quedaban museos para ir y el día se había puesto bastante feo.

Leí un rato. “M Train”. Muchas cosas en común con Patti Smith: todo el tiempo quiere escribir y no puede. No le gustan las máquinas en los aeropuertos, prefiere las personas.

Decidí ir a una tienda vintage dondevenden ropa por peso. Quedaba en un barrio que no conocía y me pareció buena excusa para salir y seguir conociendo. Si encontraba algo que me gustase podía llevarme conmigo un poco más de la ciudad y su gente.

Cuando me bajé del subte salí directo a la puerta de un parque de diversiones, el HAMBURGER DOM. No tenía ganas de empezar a buscar en el mapa en dónde estaba exactamente la tienda, para dónde ir. Los mapas cansan.

Entré al parque de diversiones y me compré una bolsa de pochoclos, “mañana es mi cumpleaños”, pensé. Decidí recorrer el parque, como guiada por extrañas intuiciones de que eso era lo que tenía que hacer, por algo me había tomado ese subte y me había dejado justo allí.




Y, de repente, entendí todo cuando la vi. Imponente, inmensa: la montaña rusa. No sé en qué momento de mi adolescencia le empecé a tener pánico, porque no es miedo, es pánico lo que tengo. No le temo a nada más de esa manera.
Me quedé mirándola mientras me atiborraba con los pochoclos de los nervios que me daban de slo ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ntras me atiborraba con los pochoclos de los nervios que me daban de sen no conoco siquiera.iario. Yo me siento cada mólo pensarlo. Los ojos se me empezaron a llenar de lágrimas de emoción. Sabía que tenía que subirme si mi deseo de cumpleaños era perder un poco el miedo. ¿Cómo no iba a subirme?


Todavía con los ojos húmedos, guardé el pochoclo y todas las cosas sueltas en la mochila. Saqué la entrada y fui directo a los carritos. Un técnico alemán me esperaba para sentarme detrás de un niño robusto y rubio que esperaba compañía para volar. Miré al hombre, le dije que tenía miedo y le mostré la mochila como diciendo “qué hago”. El hombre me ordenó con gestos que me sentase atrás del gordito, me agarró la mochila y me saludó con la mano. Al miedo por la montaña rusa se le sumó el miedo a perder el pasaporte y otras cosas valiosas que tenía en mi mochila. Pero no tenía demasiado tiempo de pensar. Quizás esa sea la respuesta a todo, no pensar tanto, no dar el tiempo a pensar. Pensando se fortalecen los miedos.


Mi día ya estaba hecho pero después fui a la tienda vintage que sirvió de excusa para salir del hotel. Me compré un saco y una camisa.


Caminé hacia una parte muy linda que tiene el barrio de St. Pauli (que no es lindo en general). 




Entré a un café y me quedé leyendo a Patti Smith durante más de dos horas. “You never can pay too much for peace of mind”, responde cuando alguien le pregunta si pagó demasiado por un billete de lotería. “Nunca se paga demasiado por tener la mente tranquila”.
El precio, el costo. No es sólo por una cosa. Cuando pagué 5 euros por subir a esa montaña rusa, que duró poco más de un minuto, estaba pagando básicamente por no arrepentirme de no hacerlo, estaba pagando por la tranquilidad de mi mente. Y eso vale muchísimo. Además estaba pagando por perder el miedo.

Salí del café para encontrar el arcoiris más impresionante que vi en mi vida. Nunca había visto un arcoiris tan claro y grande. Para mí era como un puente enorme, "mañana es mi cumpleaños", pensé.



A la noche cenamos en el hotel con T. Un poco en broma hice una especie de repaso rápido por las cosas importantes del año que había pasado: gané un premio con la obra de teatro, escribí columnas que gustaron, casi terminé de editar el documental, murió alguien que quise mucho, conocí Colombia, Portugal, vinieron amigos españoles a Argentina. Parece poco pero yo siento que pasó mucho.
Ya cuando nos estábamos levantando de la mesa, T deslizó un “ah, ¡y nos casamos!”. Nos empezamos a reír a carcajadas. “Pequeño detalle”.


En el ascensor, con las copas de vino que nos llevamos a la habitación, T. dijo que las cosas van para más y para mejor. Yo también lo siento así. 

Hasta mañana. Y a ustedes, mis 39 años, hasta nunca. Gracias por todo.

lunes, 8 de agosto de 2016

DIARIO DE HAMBURGO -7

En el desayuno había una mesa reservada con flores. La agasajada era una mujer (¿de unos cuarenta y cinco años?). Lo supe por un pastel pequeño que le trajo la empleada del hotel cuando estuvieron todos sentados. Parecían una familia, los padres, mayores, y las dos hermanas, una de ellas era la que cumplía años. No sé bien lo de la edad, yo jamás diría que voy a cumplir cuarenta años, ¿qué verán los de afuera?
Al principio pensé “qué lindo” el desayuno que le prepararon. Pero ahí mismo me frené en seco. Putas y preconcebidas ideas sociales, de afuera uno ve a una mujer afortunada porque sus padres y su hermana la trajeron a un hotel y le armaron un desayuno sorpresa con regalos. Y lo primero que sale es qué suerte tiene. Después, escarbando un poco, distinguí que nada más alejado de mi deseo. Que la sociedad grita ¡familia, regalos, flores, protagonismo! Y yo pido estar tranquila, poder escribir, estar cerca de T, pensar, leer y crear. Poco de lo que la sociedad valora. La sociedad funciona por comparación, por relatividad. Volvemos a Confusio y al Daoísmo.

No se puede confiar en el clima de verano de Hamburgo. Si amanece soleado a la media hora está lloviendo y al mediodía brilla de nuevo el sol, gozando a los turistas que salieron con el paraguas. Llueve de sorpresa y de la misma manera se despeja. Será una de las pocas incertidumbres con las que convive esta gente. Yo ya lo tengo estudiado, me quedo leyendo y escribiendo hasta que pasan las tormentas de la mañana. Después salgo y todos contentos.




Ayer fui a ver una muestra sobre ElBosco al museo BUCERIUS KUNT FORUM. Tuve que pedir audioguía porque no había un solo cartel en inglés. Me gustó mucho verla así, con las voces relatando las obras como si fuesen cuentos.


También debo decir que aunque la audioguía favorece la concentración, es otra manera de ver que impide la libre interpretación por parte del que mira. Que te relaten el cuadro, que te indiquen cómo mirarlo y qué es lo que hay que ver, limita bastante la percepción individual, fundamental en toda obra de arte.

Me gustó el concepto de TEMPERANTIA.


Acá en Europa las monedas valen. Aunque ficticia, eso da la sensación de que se puede hacer mucho con muy poco.

Sigo leyendo el libro de Patti Smith,“M Train”, o Tren M, sería en español. De repente pienso que esa M en el nombre del libro se refiere al miedo, con el que empecé este diario. Mi único deseo verdadero de cumpleaños: perder algo de miedo. 
También puede referirse a la M de muerte, con los días que siguieron y esa muerte de alguien muy querido que me apenó muchísimo. 
Y, por último y bastante más egocéntrico, pienso que podría ser de María, en un tren. Así quizás recuerde este viaje, viajando sola en tren y en subte.

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En la obra de teatro que escribí, uno de los personajes dice que la vida es como un colectivo del que algunos se van bajando durante el viaje, cuando mueren. Un tren es una imagen mucho más linda, quizás debería cambiarlo. Aunque el tren tiene varios vagones, el colectivo es un solo espacio en donde viaja una generación. La palabra “colectivo” tampoco está mal. Así funciona mi cabeza, orden y contraorden, qué locura.

A la tarde fui a la galería de arte del director con el que está trabajando T. Está en una calle muy linda pero en una zona que no me gusta, ya la había recorrido. Mientras caminaba por ahí, sin ganas, pensaba ¿por qué tengo que hacer siempre las cosas que digo que voy a hacer? Si le digo a alguien que voy a ir a su galería, ¿no contemplo la opción de no ir? ¿Aunque no tenga ganas? ¿Es realmente necesario cumplir siempre con uno y con los demás?

Después vino el desarrollo de la tarde, la mejor tarde que pasé en Hamburgo. Vuelvo a sorprenderme con las vueltas que da siempre todo.

Ya en la calle de la galería, muy bella repito, entré a una tienda de ropa usada y me compré un cinturón y una campera de cuero que estoy segura pasarán a ser dos piezas fundamentales de mi vestuario. ¿Es necesario cumplir y hacer siempre las cosas que digo? ¿Era necesario ir a esa galería porque lo había prometido?

Ya en la galería GUDBERG NERGER, la exposición era de fotografía callejera y me encantó, me sacó varias sonrisas. La calle, para un artista, está llena de sorpresas si sabemos mirar. Retratar las calles es fascinante. Mientras miraba las fotos, una a una, no tenía idea de lo que me esperaba más tarde al intentar registrar las calles de Hamburgo.

Compré el libro de la muestra para T., porque me gustó y también para colaborar con alguien que favorece la difusión de artistas desconocidos. Me gusta colaborar, a mi pequeña manera, con la gente que hace cosas por amor al arte.

Cuando salí de ahí caminé unos poco metros y me llamó la atención este cartel:


Mientras sacaba la foto salió un chico apurado y me invitó a pasar a ver la muestra. Después supe que su nombre era Keno.

Keno y Nils, otro fotógrafo que estaba exponiendo con él, hicieron una serie sobre el sistema ferroviario de Albania. Los trenes allí son los descartes de Alemania, en vez de tirarlos a la basura los mandan a Albania. Las fotos eran blanco y negro, en película. Parecían de otra época.

Vi un cortometraje en súper 8mm que hizo Nils: filmó durante dos años una esquina en donde aún sobrevive un teléfono público, de los viejos.

El de la izquierda es Keno, el de rojo Nils.


Nils y Keno me contaron que viven en Berlín y que les prestaron el espacio para exhibir sus obras durante agosto en Hamburgo. Además de el hecho objetivo de que la gran mayoría de la gente se va de vacaciones en agosto, nadie, absolutamente nadie, ha entrado a ver la muestra que exponen. Yo fui la primera. Me contaron que salen a la calle a invitar a las personas con cerveza para llamarles la atención pero que ni siquiera los miran, que los ignoran por completo. Dos artistas, tras una inmensa vidriera que dice FOTOS, en un barrio de Hamburgo lleno de galerías de arte, y nadie les dirige una mirada ni de caridad. 
Keno dijo que estaba asombrado por lo cerrada que era la gente de la zona. Yo les conté que esa tarde, con ellos, era la primera vez que conectaba con gente alemana, que esa charla que estábamos teniendo, que suelo tener con gente cuando viajo, era la primera en una semana. 
Nos pasamos contactos. Les dije que deberían hacer algo con respecto a lo que experimentaban: dos artistas en una galería a la calle, con una inmensa vidriera, a la que la gente ignora por completo, como si fueran dos mendigos. 
¿Serían eso? ¿Somos eso? Mendigos implorando una mirada, una lectura, unos minutos. Sí, somos eso, lo vi en la exposición de El Bosco: los músicos son siempre pordioseros pidiendo una limosna. Somos eso. Rogamos un poco de atención y tiempo, un poquito, por favor, es muy importante, se lo ruego, que pase un momentito por mi blog y lea unas palabras, que se detenga para ver una foto, no sabe el bien que me haría si usted lee este poema, si escucha esta canción, se lo ruego, por favor, son sólo unos momentos de su tiempo.

Quizás yo sea la que haga algo con la idea: Nils y Keno pasando un mes de verano en una galería intentando que alguien los registre, que miren sus obras. Dos artistas mendigando.


En esta última foto yo siento que Nils está rezando, como implorando.

En otro orden de cosas, más tarde me pegó un turco. No es una manera de decir, es literal, me golpeó un joven turco en la calle.

Me senté en las escalinatas de Lago Alster a tomar un café y a escribir. Atrás mío, una pandilla de jóvenes con música en un altoparlante se puso a bailar. El día anterior había visto al grupo de swing y los había grabado en ese video que nunca les pude compartir por las falencias tecnológicas alemanas.
Ayer, desde lejos, quise grabar a los jóvenes bailando pero cuando uno de ellos, que estaba de espaldas a mí, se enteró se giró como una fiera.

Me empezó a gritar que le de el teléfono con una violencia desbocada. Ante el miedo y la sorpresa, me quedé paralizada, guardé el teléfono y le dije que sólo había sacado una foto, que estábamos en el lugar más turístico de Hamburgo y que tenía derecho a sacar una foto del lago. No me dio tiempo a explicarle lo de la muestra de fotografía callejera ni nada de eso. El chico gritaba como loco y hacía señas de que el lago estaba hacia el otro lado. Llamó a sus amigas que hablaban inglés y les ordenó, con la misma violencia con la que me hablaba a mí, que me tradujeran que le diera el teléfono con el video. Quiso agarrar mi mochila y empezó a empujarme. Yo miraba a sus amigas y les decía “this is crazy, leave me alone.” Nadie alrededor hacía nada. Era una situación de esas en que uno creería que en algún momento el violento se va a calmar, va a desistir y a entrar en razón, pero no fue el caso. Cuando agarré mis cosas para irme, el violento me siguió y me empujó con fuerza. Estoy segura de que si yo hubiese sido un hombre las cosas hubiesen sido muy diferentes. Ya no sabía que hacer, miré alrededor “somebody do something”. Ahí interfirieron dos alemanes que medían dos metros. Uno directamente llamó a la policía, cosa que me pareció un poco extrema. Lo escuché diciendo “turist”. Era rubio, alto y absolutamente impoluto. El "protoalemán". De repente la situación se me hizo muy extraña, aunque seguía temblando y mirando hacia atrás para comprobar si el violento me seguía, no estaba segura de qué lado estar.

Caminando por el parque vi el video, al tipo ni se le ve la cara excepto cuando se gira para venir a empujarme. Pensé en borrarlo, tal era mi paranoia, me daba miedo el sólo hecho  de tenerlo. Pero uno de los deseos para mi nuevo año, que empieza mañana, es perder el miedo. Así que me animo a poner el video acá, y que sea lo que Dios quiera. 
Así se animaron todos los artistas de la historia que sacaron fotos o hicieron videos en la calle. No hay uso comercial, es arte, es para unos pocos, y a veces ni siquiera.

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Pienso: si uno no quiere que lo filmen o lo fotografíen, ¿se pone a bailar en el medio de la Puerta del Sol o de la Plaza de Mayo? ¿La nueva libertad será acaso poder bailar en cualquier sitio sin ser capturado por una cámara? ¿El espacio público no puede ser registrado libremente? ¿Qué diferencia había entre que fuese una fotografía o un video? ¿No puedo sacar una foto al obelisco porque hay una persona parada enfrente? ¿En cuántas fotos y videos de otros turistas está mi imagen? Todos dilemas que plantea el registro callejero.

Caminando por el lago, con el atardecer, me fui calmando.



De repente me dio muchísima ternura la manera de correr de la gente, ¿se fijaron en la forma tan extraña de correr de algunas personas?

La manera de correr debe decir mucho sobre la gente.


 


 





“De que hablo cuando hablo decorrer”, de Murakami, me encantó ese libro. Escribir y correr, es todo lo mismo. Me acuerdo siempre de la importancia que Murakami le da al vestuario para correr. El vestuario como el escritorio, como la silla indicada para pasar horas frente a la máquina escribiendo, lo que rodea el acto, las herramientas, el ritual. Vestirse como un corredor para poder correr, para creernos que podemos correr. Y después correr.

Patti Smith cuenta en el libro que se leyó toda la obra de Murakami. Yo leí algunas cosas, pocas, el de correr y escribir es el libro de él que más me gustó hasta ahora.










Estas ideas, notas, estas imágenes, son crudas, ni las reviso. Pero no crean que por eso no me llevan tiempo. El tiempo dedicado no es proporcional a la poca rigurosidad de la escritura.

La verdadera comunicación se construye de persona en persona, nunca en grupos grandes. El trabajo de expresarse es minucioso y bastante personal, creo que así es también cualquier tipo de arte, así se encara por lo menos, minuciosamente dirigido hacia algunos. Lo popular, lo exitoso, lo amplio, eso es otra cosa.

Ayer una amiga me advirtió que había escrito “intrínsica” en vez de “intrínseca”. Mi hermana notó que me faltaba una palabra en una frase. Algunos  lectores del blog me hicieron saber que disfrutan este diario, con todos sus defectos. 

Yo me siento cada mañana y escribo, mendigando al universo que alguien pase por acá y me acompañe unos minutos en este viaje.