lunes 16 de noviembre de 2009

Qué pesada estoy con Levrero

Mi comportamiento, como me sucede a menudo, no terminaba de convencerme; sabía que me hubiera gustado actuar de otra manera con cada una de aquellas mujeres, y que en cada caso me había reprimido por distintos motivos, algunos más o menos lógicos pero otros bastante oscuros. Sabía además que toda mi actuación estaba como controlada por la sombra de mi padre, tanto en el sentido de la imagen que esa gente se había formado de mí por ser simplemente su heredero, como en el de la imagen que yo conservaba de él y que de diversas formas continuaba ejerciendo sobre mí una autoridad; por momentos me sentía como encajando perfectamente en el molde que él había preparado para mí, y al momento siguiente sentía que mis acciones respondían a mi rebelión contra ese molde, lo cual de todas formas suponía una actuación en torno a esa imagen y no en función de mi propia y libre voluntad.
(De "Desplazamientos", de Mario Levrero)

domingo 15 de noviembre de 2009

El verdadero encuentro es entre dos

Tendría que acostumbrar a mis visitas a reuniones con otra gente. Aunque creo que yo mismo no me acostumbraría. Si somos tres, y no dos, se pierde toda profundidad. Es lógico. Y allí donde no hay profundidad me siento incómodo.
(“La novela luminosa”, de Mario Levrero)

lunes 9 de noviembre de 2009

Extranjera

De repente, como si un destino clínico me hubiese operado de una ceguera antigua con excelentes resultados inmediatos, alzo la cabeza desde mi vida anónima hacia un conocimiento diáfano de mi modo de existir y me maravillo de lo que fui capaz de no ver. Me asombra cuanto fui y veo que no soy.

Contemplo mi vida pasada como en una extensión al sol que se abre entre las nubes; y noto, con una perplejidad metafísica, que todos mis gestos más ciertos, mis ideas más claras, mis propósitos más lógicos, no fueron más que gran desconocimiento. Ni siquiera fingí. Me fingieron. Fuí, no el actor, sino sus gestos.

Todo cuanto hice, pensé y fui es una suma de subordinaciones, ya sea a una voz falsa que supuse era la mía, ya sea a una serie de circunstancias cuyo peso creí que era el aire que yo respiraba. Soy, en este momento en que me miro, un solitario súbito, que se reconoce desterrado donde siempre creyó ser ciudadano.

En lo más íntimo de lo que pensé no fui yo.

Me invade entonces un terror sarcástico ante la vida, un desaliento que sobrepasa los límites de mi individualidad consciente. Sé que fui un error y un despropósito, que nunca viví, que existí nada más que por haber llenado el tiempo con pensamiento y consciencia. Y mi sensación de mí es la de quien despierta tras un sueño lleno de sueños reales, la de quien es liberado, por un terremoto, de la luz escasa de la celda a la que se habituó.

Me pesa; me pesa como pesa una condena a conocer, esta noción repentina de mi individualidad verdadera, de ésa individualidad que anduvo siempre errando oscilante, soñolienta, entre lo que siente y lo que ve.

Es tan difícil describir lo que se siente cuando se siente que realmente se existe, y que el alma es una entidad real, que no sé cuáles son las palabras humanas con las que pueda definirlo. No sé si, por sentir como siento estoy con fiebre o si dejé de tener la fiebre de los que están dormidos en la vida. Soy como un viajero que se encuentra de pronto en una ciudad extraña sin saber como llegó allí; y me pasan esas cosas que les ocurren a los que pierden la memoria, y son otros durante mucho tiempo. Fui otro durante mucho tiempo y despierto ahora en la mitad del puente, inclinado sobre el río, y sabiendo que existo más firmemente de lo que hasta aquí existí. Pero la ciudad es para mí una incógnita, las calles nunca vistas, y el mal sin remedio. Espero inclinado sobre el puente, que se me pase la verdad, y yo me restablezca, nulo y ficticio, inteligente y natural.

Fue un momento, y ya pasó. Ya veo los muebles que me rodean, los dibujos del papel viejo de las paredes, el sol a través de los vidrios polvorientos. Vi la verdad por un momento. Fui, por un momento, con conciencia, lo que los grandes hombres son con vitalidad.

No saber de uno mismo; eso es vivir. Saber mal de uno mismo; eso es pensar. Saber de uno mismo, de repente, como en este momento, es tener súbitamente la noción de la palabra mágica del alma.

No fue más que un momento, y me vi. Tras él, ya no sé decir siquiera que fui. Y por fin tengo sueño, porque aunque en verdad lo ignoro, creo que el sentido es dormir.
(De "El libro del desasosiego", de Fernando Pessoa)

domingo 8 de noviembre de 2009

Amor-odio

Escenas de la vida conyugal, Revolutionary road, Domicilio conyugal, Descalzos en el parque, Ojos bien cerrados, The way we were, Entre nosotros…

lunes 2 de noviembre de 2009

This is it

Ayer fui a ver a Michael Jackson, que está vivo. La chica de la butaca de al lado bailó sentada toda la película, los adolescentes de atrás apoyaron los coros y yo, un domingo de lluvia y algo dormida, pasé dos horas preguntándome de dónde viene semejante talento.

sábado 31 de octubre de 2009

Esperá un cachito

Cuando era más chica pensaba que podía controlarlo todo, caminaba por la calle confiada de que la lluvia esperaría a que yo llegase a mi casa para caer. Hoy me empapó el chaparrón más lindo del mundo, y al fin maduré.

viernes 30 de octubre de 2009

La felicidad de las ideas:

Nunca he visto algo más solitario que tener una idea original y nueva. No hay apoyo de nadie y uno apenas cree en sí mismo. Cuanto más nueva es la sensación-idea, más cerca parezco estar de la soledad o de la locura. Cuando tengo una sensación nueva ella me asombra y yo la asombro a ella. Tampoco soporto la felicidad aguda y solitaria de sentirme feliz. Me falta serenidad para recibir las buenas nuevas. Cuando soy feliz, me pongo nerviosa e inquieta. La luz resplandece con demasiado brillo para mis pobres ojos.
(Fragmento de "Un soplo de vida", de Clarice Lispector)