En estas épocas de cuarentena siento que estamos en un modo “enfermedad”. No sólo porque la causa del encierro es un virus si no porque la condición de no poder salir de nuestras casas por semanas la hemos sentido antes cuando estuvimos enfermos. Es esa sensación de parálisis, de universo cotidiano y tedioso, donde la mayoría de las cosas que haces o ves son para distraerte, para que pase el tiempo y puedas recuperarte y volver a hacer tu vida.
Lo peor lo viven quienes se contagiaron, los que tienen que seguir trabajando bajo riesgo, aquellos que no tienen casa o comida, los que no se pueden dar el lujo de ver películas. De eso no hay dudas. Pero quizás, por las formas en que esta pandemia nos obliga a pasar nuestros días, muchos de nosotros nos sentimos, de alguna íntima manera, algo enfermos.
Con esta cuarentena las películas entraron a las casas como el virus a los hospitales. Entraron gratis, o por muy poco. Son tantas que apenas pasan por la puerta. No siempre gana la mejor, casi nunca. Siempre hay una nueva y vamos armando listas que desaparecen de repente cuando de verdad estamos bien dispuestos para ver alguna. Entraron para entretenernos, para que los días no se hagan tan largos, para poder hablar de algo con los demás. Para tacharlas de la lista.
Aunque proyectadas grandes, en el mejor de los casos, estás películas te voltean con el pijama en el sillón, con los pies sobre la mesa. Te piden comida, que tengas algo a mano, el mate o lo que sea. Son como una ventana en tu casa, un cuadro rodeado de tus cosas, de esa mancha de humedad que vuelve a aparecer. Y cuando estás viendo estas películas también estás pensando en llamar al plomero y en que el año próximo podrías pintar la casa. Estas películas te malcrían, te dejan ir al baño, dormirte tranquilo, hacerte un té y volver sobre eso que dijo el personaje que no escuchaste bien. Estas películas están disponibles, abiertas a que hagas con ellas lo que quieras. Tú mandas y ellas obedecen.
Hace tiempo que vengo sintiendo que ver películas en mi casa no es cine, mucho antes de la cuarentena. La forma lo cambia todo. Para el espectador la experiencia es casi opuesta. En el cine entramos a otro mundo, nos transportamos junto a un grupo de gente, vivimos otras vidas, nos olvidamos de las nuestras por unas horas. En el cine no hay llamados urgentes que valgan, o si valen para algunos la película igual ni lo registra. En el cine estamos sentados, vestidos y hemos hecho el esfuerzo de trasladarnos a un lugar a la hora señalada. El cine es uno de los últimos lugares puntuales. El cine no te espera, no te escucha, no entiende de razones de tránsito ni de colectivos perezosos. El cine no tiene piedad, no contempla viejas vejigas ni nauseas, no da lugar al sueño, no conoce el hambre o la sed, no necesita del aire fresco. El cine toma sus rehenes y los obliga a quedarse sentados y quietos, no reconoce individualidades, manda lo mismo para todos. Debemos escuchar y ver lo mismo al mismo tiempo, y una vez que el cine te ha enseñado algo, sabes que no volverás a verlo sin pasar por el resto de sus exigencias.
El cine te obliga a mirar hacia arriba, a saberte pequeño. El cine te dice que eres tan sólo uno más, lo que te pasa no es tan importante, pasará y vendrán otras cosas, quizás incluso peores. El cine te confirma que no estás solo. El cine es demasiado grande para entrar en tu casa, te obliga a salir, es él quien manda. El cine es Dios. Sin él, las películas son como ángeles perdidos.
1 comentario:
gracias.
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