lunes, 18 de julio de 2011

El viaje al amor

El nivel de felicidad aumenta a partir de una edad avanzada. No se trata, únicamente, de que el paso de los años haya ampliado inusitadamente el archivo de datos y recuerdos para adquirir un poder metafórico cada vez más adecentado, sino que las últimas sensaciones de bienestar, para poder transformarse en emociones, habrán requerido experiencias más ricas y complejas que las anteriores.

Se está sugiriendo que la experiencia amorosa más reciente debe superar siempre el umbral de profundidad y complejidad alcanzado por las anteriores.

El filósofo Alain de Botton, autor entre otros muchos libros de Del amor, acierta al decir que “el deseo de amar precede al amado, y la necesidad ha inventado su propio remedio. La aparición del bienamado es tan solo el segundo acto de una necesidad previa, aunque en gran parte inconsciente, de amar a alguien”.

Decía Miguel de Unamuno que cuando dos personas se encuentran no hay dos, sino seis personas distintas: una es como uno cree que es, otra como el otro lo ve y otra como realmente es; esto multiplicado por dos da seis. Una cosa es lo que uno dice, otra lo que el otro entiende que ha dicho y otra lo que realmente se quería decir.

Los protagonistas cotidianos del amor y de los celos no reflexionan sobre sus actos y mucho menos son capaces del relato sosegado. En cambio, a los que viven en el mundo de las ideas les está vedado el de las pasiones. Una vida de braguitas y sentimientos al margen de la historia universal es la más corriente entre la gente común. Los que podrían elaborar teorías sobre el amor sólo saben de soledades, desamores y ficciones. Los que viven no saben y los que saben no viven.

Las palabras no son, fundamentalmente, un canal para explicitar las convicciones propias, sino el conducto para poder intuir lo que está cavilando la mente del otro. Sólo cuando esto se descubre surge la oportunidad de ayudarle o influirle.

La marcha de la evolución explica otro rasgo sorprendente del período de fusión del amor: su relativa brevedad. En promedio, el enamoramiento pervive durante el tiempo necesario para alcanzar los fines evolutivos. Es necesario que la pareja se mantenga el tiempo suficiente para engendrar y cuidar los hijos, lo que parece corresponderse con la sabiduría popular y la investigación de los psicólogos, que lo cifran en unos siete años.

Los resultados de la encuesta sugieren, de momento, que el desamor surge con mayor facilidad en aquellas personas que separan nítidamente el amor del deseo.

Es muy sorprendente que pocos o ningún sistema educativo intente destilar en las mentes de los futuros enamorados –todos los alumnos van a pasar, tarde o temprano, por ese trance- un mínimo conocimiento sobre las características de las hormonas vinculadas al amor.

Que levante la mano quien sepa lo que siente un niño por dentro cuando está solo. No importa el lugar.

(Fragmentos del "El viaje al amor", de Eduardo Punset)

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