domingo, 6 de marzo de 2016

El huevo y la gallina


De mañana en la cocina sobre la mesa veo el huevo.
Veo el huevo de un vistazo. Enseguida percibo que no se puede estar viendo un huevo. Ver un huevo nunca perdura en el presente: apenas veo un huevo y ya se transforma en haber visto un huevo hace tres milenios. En el instante mismo de ver el huevo, él es el recuerdo de un huevo. -Sólo ve el huevo quien ya lo ha visto.- Al ver el huevo ya es demasiado tarde: huevo visto, huevo perdido.- Ver el huevo es la promesa de algún día llegar a ver el huevo. -Mirada breve e indivisible; si es que hay pensamiento; no hay: hay el huevo. – La mirada es el instrumento necesario que, después de usado, descartaré. Me quedaré con el huevo. -El huevo no tiene un sí mismo. Individualmente no existe.
Ver el huevo es imposible: el huevo es supervisible así como hay sonidos supersónicos. Nadie es capaz de ver el huevo. ¿El perro ve el huevo? Sólo las máquinas ven el huevo. La grúa ve el huevo. - Cuando yo era antigua, un huevo se posó en mi hombro. -El amor por el huevo tampoco se siente. El amor por el huevo es supersensible. Uno no sabe que ama el huevo. - Cuando yo era antigua, fui depositaria del huevo y caminé en puntas de pie para no derramar el silencio del huevo. Cuando morí, sacaron el huevo de mí con cuidado. Todavía estaba vivo. –Sólo quien viese el mundo vería el huevo. Como el mundo, el huevo  es obvio.
El huevo no existe más. Como la luz de una estrella ya muerta, el huevo propiamente dicho no existe más. -Eres perfecto, huevo. Eres blanco. -A ti dedico el comienzo. A ti dedico la primera vez.
Al huevo dedico la nación china.
El huevo es una cosa suspendida. Jamás se posó. Cuando se posa, no él quien se posa. Es una cosa que quedó debajo del huevo. - Miro el huevo en la cocina con atención superficial para no romperlo. Pongo mucho cuidado en no entenderlo. Siendo imposible entenderlo, sé que si lo entiendo es porque me estoy equivocando. Entender es la prueba del error. – No pensar jamás en el huevo es una manera de haberlo visto. -¿Será que sé algo del huevo? Casi seguro sé. Así: existo, luego sé. -Lo que no sé del huevo es lo que realmente importa. Lo que no sé del huevo me  da el huevo propiamente dicho. -La luna está habitada por huevos.
El huevo es una exteriorización. Tener una cáscara es darse. -El huevo desnuda la cocina. Hace de la mesa un plano inclinado. El huevo expone. -Quien profundiza en un huevo, quien ve algo más que la superficie del huevo, está queriendo otra cosa: está con hambre.
El huevo es el alma de la gallina. La gallina desastrada. El huevo cierto. La gallina asustada. El huevo cierto. Como un proyectil detenido. Porque el huevo es huevo en el espacio. Huevo sobre azul. Yo te amo, huevo. Yo te amo como una cosa ni siquiera sabe que ama otra cosa. -No lo toco. El aura de mis dedos es la que ve el huevo. No lo toco. -Pero dedicarme a la visión del huevo sería morir para la vida mundana, y yo  necesito la yema y la clara. -El huevo me ve. ¿El huevo me idealiza? ¿El huevo me medita? No, el huevo solamente me ve. Está exento de la comprensión que hiere. -El huevo nunca luchó. Él es un don. – El huevo es invisible a simple vista. De huevo en huevo se llega a Dios, que es invisible a simple vista. -El huevo tal vez haya sido un triángulo que tanto rodó en el espacio que se fue ovalando. -¿El huevo es básicamente una jarra? ¿Habrá sido la primera jarra moldeada por los etruscos? No. El huevo es originario de Macedonia. Allí fue calculado, fruto de la más penosa espontaneidad. Un hombre con una vara en la mano lo dibujó en las arenas de Macedonia. Y después lo borró con el pie desnudo.
El huevo es una cosa que requiere cuidado. Por eso la gallina es el disfraz del huevo. La gallina existe para que el huevo atraviese los tiempos. La madre es para eso. -El huevo vive fugitivo porque siempre está adelantado a su época. -El huevo, por lo tanto, será siempre revolucionario. -Vive dentro de la gallina para que la gente no lo llame blanco. Por supuesto que el huevo es blanco. Pero no puede ser llamado blanco. No es que le haga mal,  aunque las personas que lo llaman blanco, esas personas mueren para la vida. Llamar blanco a aquello que es blanco puede destruir a la humanidad. Una vez, un hombre fue acusado de ser lo que era, y fue llamado El hombre. No mentían: Él lo era. Pero hasta hoy todavía no nos recuperamos, unos tras otros La ley general para seguir vivos: se puede decir «un rostro bonito», pero quien diga «el rostro» muere; por haber agotado el tema.
Con el tiempo, el huevo se volvió huevo de gallina. No lo es. Pero una vez adoptado, el sobrenombre le sirve. Se debe decir “el huevo de la gallina”. Si se dice solamente “el huevo”, se agota el tema y el mundo queda desnudo. –En relación al huevo, el peligro es que se descubra lo que podría llamarse belleza, esto es, su veracidad. La veracidad del huevo no es verosímil. Si la descubren, podrían querer obligarlo a volverse rectangular. El peligro no es para el huevo, él no se volvería rectangular. (Nuestra garantía es que no puede: ese no poder es la gran fuerza del huevo: su grandiosidad viene de la grandeza de no poder, que se irradia como un no querer.) Pero quien luchara por volverlo rectangular estaría perdiendo su propia vida. El huevo nos pone, por lo tanto, en peligro. Nuestra ventaja es que el huevo es invisible. Y en cuanto a los iniciados, los iniciados disfrazan el huevo.
En cuanto al cuerpo de la gallina, el cuerpo de la gallina es la prueba máxima de que el huevo no existe. Basta mirar a la gallina para que resulte obvio que es imposible que exista el huevo.
¿Y la gallina? El huevo es el gran sacrificio de la gallina. El huevo es la cruz que la gallina carga en la vida. El huevo es el sueño inalcanzable de la gallina. La gallina ama el huevo. Ella no sabe que existe el huevo. Si supiera que tiene en sí misma un huevo, ¿se salvaría? Si supiera que tiene en sí misma el huevo perdería el estado de gallina. Ser una gallina es la supervivencia de la gallina. Sobrevivir es la salvación. Porque parece que vivir no existe. Vivir lleva a la muerte. Entonces, lo que hace la gallina es estar permanentemente sobreviviendo. Sobrevivir es, se dice, estar en lucha contra la vida que es mortal. Eso es ser gallina. La gallina tiene un aire atribulado.
Es necesario que la gallina no sepa que tiene un huevo. Si no, ella se salvaría como gallina, lo que tampoco está garantizado, pero perdería el huevo. Por eso no sabe. La gallina existe para que el huevo use a la gallina. Ella existía sólo para cumplirse, y le gustó. La desorientación de la gallina viene de ahí: gustar no formaba parte de nacer. Gustar de estar vivo duele. – En cuanto a quién llegó antes, fue el huevo el que encontró a la gallina. La gallina ni siquiera fue llamada. La gallina es directamente una elegida. – La gallina vive como en un sueño. No tiene sentido de la realidad. Todo el susto de la gallina se debe a que siempre están interrumpiendo su devaneo. La gallina es un gran sueño. – La gallina sufre de un mal desconocido. El mal desconocido de la gallina es el huevo. – Ella no sabe explicarse: “sé que el error está en mí misma”, ella llama error a su vida, “ya no sé lo que siento”, etc.
“Etc., etc., etc.” cacarea el día entero la gallina. La gallina tiene mucha vida interior. A decir verdad, la gallina únicamente tiene vida interior. Nuestra idea de su vida interior es lo que llamamos “gallina”. La vida interior en la gallina consiste en actuar como si entendiera. A la menor amenaza grita escandalizada, hecha una loca. Todo eso para que el huevo no se rompa dentro de ella. El huevo que se rompe dentro de la gallina es como sangre.
La gallina mira el horizonte. Como si de la línea del horizonte viniera un huevo. Fuera de ser un medio de transporte para el huevo, la gallina es tonta, vacante y miope. ¿Cómo podría la gallina entenderse si ella es la contradicción de un huevo? El huevo todavía es el mismo que se originó en Macedonia. La gallina es siempre la tragedia más moderna. Siempre está inútilmente al tanto. Y continúa siendo rediseñada. Todavía no se encontró la forma más adecuada para una gallina. Mientras contesta el teléfono, mi vecino dibuja la gallina con lápiz distraído. Pero para la gallina no hay cómo: está en su condición no servirse a sí misma. Siendo por lo tanto su destino más importante que ella, y siendo su destino el huevo, su vida personal no nos interesa.
Dentro de sí la gallina no reconoce el huevo, pero fuera de sí tampoco lo reconoce. Cuando la gallina ve el huevo piensa que está lidiando con algo imposible. Y con el corazón latiéndole, con el corazón latiéndole mucho, no lo reconoce.
De repente miro el huevo en la cocina y sólo veo en él la comida. No lo reconozco, y mi corazón late. La metamorfosis está ocurriendo en mí: comienzo a no poder mirar más el huevo. Más allá de cada huevo particular, más allá de cada huevo que se come, el huevo no existe. Ya no consigo creer en un huevo. Cada vez tengo menos fuerzas para creer, estoy muriendo, adiós, miré demasiado un huevo y él me fue adormeciendo.
La gallina que no quería sacrificar su vida. La que optó por querer ser “feliz”. La que no percibía que, si pasaba la vida dibujando dentro de sí como en una iluminación el huevo, estaría sirviendo. La que no sabía perderse a sí misma. La que pensó que tenía plumas de gallina para cubrirse porque poseía una piel preciosa, sin entender que las plumas servían exclusivamente para suavizar la marcha mientras cargaba el huevo, porque el sufrimiento intenso podía perjudicarlo. La que pensó que el placer era un don que se le había otorgado, sin percibir que era para que se distrajese por completo mientras el huevo se formaba. La que no sabía que “yo” es solamente una de las palabras que se dibujan cuando se atiende el teléfono, mera tentativa de buscar una forma más adecuada. La que pensó que “yo” significa tener un sí mismo. Las gallinas perjudiciales para el huevo son aquellas que son sin tregua un “yo”. En ellas el “yo” es tan constante que ya no pueden pronunciar la palabra “huevo”. Pero, quién sabe, era justo eso lo que el huevo necesitaba. Porque si ellas no estuvieran tan distraídas, si prestaran atención a la gran vida que se hace dentro de ellas, perturbarían al huevo.
Comencé a hablar de la gallina y hace mucho que dejé de hablar de la gallina. Pero todavía estoy hablando del huevo.
Y he aquí que no entiendo el huevo. Sólo entiendo el huevo roto: lo rompo en la heladera. De este modo indirecto me ofrezco a la existencia del huevo: mi sacrificio es reducirme a mi vida personal. Hice de mi placer y de mi dolor mi destino encubierto. Y tener solamente la propia vida es, para quien ya vio el huevo, un sacrificio. Como aquellos que, en el convento, barren el piso y lavan la ropa, sirviendo sin la gloria de una función más alta, mi trabajo es vivir mis placeres y mis dolores. Es necesario que tenga la modestia de vivir.
Tomo otro huevo en la cocina, le rompo la cáscara y la forma. Y a partir de este instante exacto nunca existió un huevo. Es absolutamente indispensable que yo esté ocupada y sea una distraída. Soy indispensablemente uno de los que reniegan. Formo parte de la secta de los que vieron una vez el huevo y reniegan de él como una manera de protegerlo. Somos los que se abstienen de destruir, y en eso se consumen. Nosotros, agentes encubiertos y distribuidos en las funciones menos descollantes, a veces nos reconocemos. Ante cierto modo de mirar, cierta manera de estrechar la mano, nosotros nos reconocemos y a eso lo llamamos amor. Y entonces ya no es necesario el disfraz: aunque no se hable, tampoco se miente; aunque no se diga la verdad, tampoco es necesario seguir disimulando. Amor es cuando nos es concedido participar un poco más. Pocos quieren el amor, porque el amor es la gran desilusión de todo lo demás. Y pocos soportan perder todas las otras ilusiones. Están los que se ofrecen como voluntarios del amor, pensando que el amor enriquecerá su vida personal. Es lo contrario: el amor es, finalmente, la pobreza. Amor es no tener. Incluso, amor es la desilusión de lo que se creía que era amor. Y no es un premio, por eso no envanece, el amor no es un premio, es una condición concedida sólo a aquellos que, sin él, corromperían el huevo con su dolor personal. Eso no convierte al amor en una honrosa excepción; el amor es concedido precisamente a los malos agentes, aquellos que arruinarían todo si no les fuera permitido adivinar vagamente.
A todos los agentes les son dadas muchas ventajas para que el huevo se realice. Lo que no es envidiable puesto que incluso algunas condiciones, peores que las de otros, son estrictamente las condiciones ideales para el huevo. En cuanto al placer de los agentes, también lo reciben sin orgullo. Viven con austeridad todos los placeres: y hasta es el sacrificio que hacemos para que el huevo se realice. Ya nos fue impuesta, también, una naturaleza adecuada para mucho placer. Lo cual facilita. Por lo menos, vuelve el placer menos penoso.
Hay casos de agentes que se suicidan: las poquísimas instrucciones recibidas les resultan insuficientes y se sienten faltos de apoyo. Hubo quien reveló públicamente que era un agente porque le resultaba intolerable no ser comprendido y ya no soportaba no tener el respeto de los otros: murió atropellado cuando salía de un restaurante. Hubo quien ni siquiera tuvo que ser eliminado: él mismo se consumió lentamente en rebeldía, y su rebeldía se desató cuando descubrió que las dos o tres instrucciones recibidas no incluían ninguna explicación. Hubo otro que también fue eliminado porque creía que “hay que tener el coraje de decir la verdad”, y comenzó por buscarla; de él se dice que murió en nombre de la verdad, pero el hecho es que sólo estaba dificultando la verdad con su inocencia; su aparente coraje era necedad, y su ambición de lealtad era ingenua; no comprendía que ser leal no es algo limpio, ser leal es ser desleal con todo el resto. Esos casos extremos de muerte no son producto de la crueldad. Existe un trabajo, digamos cósmico, que debe ser realizado, y por desgracia los casos individuales no pueden ser tenidos en cuenta. Para los que sucumben y se vuelven individuales existen las instituciones, la caridad, la comprensión que no discrimina motivos, en fin, nuestra vida humana.
Los huevos estallan en la heladera, e inmersa en el sueño preparo el desayuno. Sin ningún sentido de realidad, llamo a los gritos a los niños que brotan de varias camas, arrastran sillas y comen, y el trabajo del día amanecido comienza, gritado y reído y comido, clara y yema, alegría entre peleas, día que es nuestra sal y nosotros, la sal del día, vivir es sumamente tolerable, vivir ocupa y distrae, vivir hace reír.
Y me hace sonreír en mi misterio. Mi misterio es que al ser yo apenas un medio, y no un fin, me ha sido dada la más maliciosa de las libertades: no soy boba y aprovecho. Incluso, les hago un mal a los otros que, francamente… El falso empleo que me dieron para disimular mi verdadera función, lo aprovecho y lo transformo en mi empleo verdadero; hasta el dinero que me dan para los gastos del día para facilitar mi vida de modo que el huevo se forme, ese dinero lo he usado para otros fines, fuga de capitales, últimamente compré acciones de la Brahma y me hice rica. Pero sigo llamando a eso tener la necesaria modestia de vivir. Y también el tiempo que me dieron, y que sólo nos es dado para que en el ocio honrado el huevo se forme, lo he usado para placeres ilícitos y dolores ilícitos, por completo olvidada del huevo. Esta es mi simplicidad.
¿O es eso mismo lo que ellos quieren que me ocurra, precisamente para que el huevo se cumpla? ¿Es libertad o me están mandando? Porque he notado que cada uno de mis errores fue aprovechado. Mi rebeldía es que yo no soy nada para ellos, sólo soy preciosa: cuidan de mí segundo a segundo, con la más absoluta falta de amor; sólo soy preciosa. Con el dinero que me dan, últimamente he estado bebiendo. ¿Abuso o confianza? Pero nadie sabe cómo se siente por dentro alguien cuyo empleo consiste en fingir que traiciona y termina creyendo en su propia traición. Cuyo empleo consiste en olvidar día a día. Alguien a quien se le exige la aparente deshonra. Ni siquiera mi espejo refleja ya un rostro que sea mío. O soy un agente, o es la traición.
Pero duermo el sueño de los justos sabiendo que mi vida fútil no obstaculiza la marcha del gran tiempo. Al contrario: parece que se exige de mí que sea extremadamente fútil, y hasta se me exige que duerma como un justo. Ellos me quieren ocupada y distraída, y no les importa cómo. Porque con mi atención dispersa y mi tontería sin remedio podría arruinar lo que está haciéndose a través de mí. Es que yo misma, yo propiamente dicha sólo he servido para arruinar. Lo que me revela que tal vez sea un agente es la idea de que mi destino me supera: por lo menos tuvieron que dejarme adivinar eso, yo era de los que harían mal el trabajo si no adivinaba un poco; me hicieron olvidar lo que me permitieron adivinar, pero me quedó la vaga idea de que mi destino me supera y de que soy un instrumento del trabajo de ellos. De cualquier modo, yo sólo podría haber sido un instrumento, porque el trabajo no podía ser mío. Ya probé establecerme por cuenta propia y fracasé; al día de hoy tiemblo de sólo pensarlo. De haber insistido un poco más, habría perdido la salud para siempre. Desde entonces, desde esa malograda experiencia, busco razonar de este modo: que ya me fue dado mucho; que ellos ya me concedieron todo lo que puede ser concedido; y que otros agentes, muy superiores a mí, también trabajaron para lo que no sabían. Y con las mismas poquísimas instrucciones. Ya me fue dado mucho; esto, por ejemplo: ¡de vez en cuando, con el corazón palpitante por el privilegio, por lo menos sé que no estoy reconociendo! ¡Con el corazón palpitante de emoción, al menos no comprendo! Con el corazón palpitante de confianza, al menos no sé.
Pero ¿y el huevo? Éste es uno de los subterfugios de ellos: mientras yo hablaba del huevo, me había olvidado del huevo. “Habla, habla”, me ordenaban. Y el huevo queda íntegramente protegido por tantas palabras. Habla mucho, es una de las instrucciones; estoy tan cansada.
Por devoción al huevo, lo olvidé. Mi necesario olvido. Mi interesado olvido. Porque el huevo es esquivo. Ante mi adoración posesiva podría retraerse y no volver nunca más. Pero si fuera olvidado. Si yo hiciera el sacrificio de sólo vivir mi vida y olvidarlo. Si el huevo fuera imposible. Entonces –libre, delicado, sin mensaje alguno para mí– quizás alguna vez se traslade desde el espacio hasta esta ventana que desde siempre dejé abierta. Y de madrugada baje a nuestro edificio. Sereno hasta la cocina. Iluminándola con mi palidez.





4 comentarios:

Pablo Asrin dijo...

¿El huevo es el espiritu, el si mismo, es dios, y nosotros la gallina? el huevo es lo importante, solo existimos para darle forma al huevo.

Sergio De Piero dijo...

Hola! Perdón que te escriba por otra nota tuya y no por tu blog. El recuerdo de "Croqueta" Ivancich en Perfil. Simplemente excelente y emotiva, para quienes tuvimos la fortuna de trabajar con él. Gracias.

María dijo...

Hola Sergio, ¿cómo estás?

Muchas gracias por tus palabras. Me puso muy contenta saber que a vos, que lo conociste, te gustó la nota. Gracias por escribirme!

Saludos.

María dijo...

Hola Pablo Asrin,

Lo que no sé del huevo es lo que realmente importa.

Saludos.