sábado, 25 de mayo de 2013

Asco de pensar

No me gustan mis canas incipientes, la ansiedad, los inodoros sucios, el pan gomoso. Odio no poder conmigo misma cuando escribo, no confiar, querer descubrir el truco en la magia, las picaduras de mosquitos que en mí son heridas eternas, mi mala cicatrización y mi extrema susceptibilidad. Detesto las épocas en que me cierro, me vuelvo hermética y no me funcionan los sentidos. No me cae bien la tecnología, necesitarla y que siempre me traicione cuando menos lo espero. Preferiría que no me dejasen plantada o me cancelen a último momento, que la vecina de arriba no me ensucie los vidrios cuando riega. No me gusta buscar en el mapa ni en la guía. Me parece de mal gusto la gente que come con ruido en el cine, gente que habla o deja el teléfono prendido. Me da asco que otros caguen en mi casa, los pedos ajenos; me dan impresión la sangre de alguien lastimado, las uñas arañando un pizarrón, ver una persona parada en la cornisa. Me molesta reconocerme en ciertos gestos de mi madre, reconocerla a ella en gestos míos tampoco me gusta nada. Me caen mal Michael Caine y Guillermo Francella. Prefiero no entrar a la sala si la película está empezada, las obras de teatro comerciales casi nunca me interesan. Hay algunos taxistas a los que mataría como en el decálogo de Kieslowski y algunos porteros tampoco me caen bien por cómo me miran cuando paso. Detesto los mensajes que manda movistar, la televisión, las noticias, ir al supermercado. No me gusta tener los pies ásperos, leer sin un lápiz a mano, seguir leyendo aunque el libro no me interese, estar a la espera de un llamado, el olor del dinero, usar reloj. Odio comer sin hambre o comer demasiado, tener mocos, bañarme con agua fría, dormir poco. Prefiero no acumular cosas, no meterme en el consorcio, no almorzar sola. No soy amiga de las impresoras porque nunca logré que durasen más que un cartucho. Tampoco soy amiga de estar en familia mucho tiempo, de los grupos grandes o de ir de vacaciones con desconocidos, prefiero evitar las fiestas interminables. Me molesta el tránsito, desperdiciar comida, sentir dependencia, que haya que decidir porque se acaba el tiempo y no poder entenderme con la gente que quiero.

Pero nada de lo anterior es tan grave, ni siquiera parecerme a mi madre. Cuando escribí odio o detesto fue para no repetir que no me gusta o que preferiría otra cosa. Lo que sí me produce verdadera aversión en este momento es pensar demasiado. Eso sí lo aborrezco. Pensar así, tanto, como pienso, es un asco. Es como si me estuviesen exprimiendo el cerebro con naranjas podridas, es tratar de desenrollar un ovillo de fideos mohosos, un gato leproso e idiota persiguiendo su propia cola. Pensar en círculos necios me lastima. Tengo noventa años cuando pienso así, y peso ciento cincuenta quilos. Si se pudiesen vomitar los pensamientos estériles sería una bulímica feliz. Abusar del pensamiento es desagradable, es eso, como un vómito que se queda adentro, o lágrimas acumuladas, agua estancada que empieza a largar olor y a llenarse de bichos. Por pensar pierdo tiempo, tiempo de trabajo, de sueño, de lectura. Por pensar me pierdo en un laberinto de arena movediza y me voy hundiendo, extiendo las manos pero no hay nadie, sólo yo misma que, pensando, me ignoro. Si pudiese, si no fuese el fin de todo, me sacaría la cabeza de encima, la patearía fuerte al cielo y saldría corriendo.

3 comentarios:

Rob K dijo...

"Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento..."

Naranjo en flor (Homero Expósito)

María dijo...

Lo dijo todo en una frase,
Gracias, Rob K!

Miguel Aguilera dijo...

Tengo coincidencia en muchos de estos puntos.