domingo, 7 de octubre de 2012

Los nombres son variaciones. No el tema.

Recién terminé de leer "Cámara Gesell" de Guillermo Saccomanno. Quedé maravillada por su lucidez, su capacidad de representar la oscuridad del universo humano, lo que tiene de terrorífico y de huevo y gallina la sociedad. No es "pueblo chico, infierno grande", es enorme el infierno y está por todos lados, no importa dónde querramos escapar, al mar, a las montañas. El infierno somos nosotros, y Saccomanno lo escribe tan bien que da muchísimo miedo:
La Cámara Gesell consiste en dos habitaciones con una pared divisoria en la que un espejo unidireccional de gran tamaño permite ver lo que ocurre en una de ellas desde la otra, pero no al revés. (...) Su utilización es frecuente en la observación de la conducta de sospechosos en interrogatorios y también en la preservación del anonimato de testigos.
Todos estamos perdidos en este lugar. Como lo está quien, como yo, al mirar desde esta distancia, se engaña pensándose afuera y diferente por el simple hecho de haber tomado distancia para apreciar el conjunto. Nadie, por más que se sienta afuera, observador y mejor tipo, lo es. Quien vino y se quedó está perdido. Porque la Villa está perdida.
El frío, la lluvia. No queda otra que acovacharse. (...) A lo sumo nos vamos a recomponer un poco para la temporada. Ahí hay que estar presentable si una está en un negocio, tiene una ocupación en un hotel o es camarera en un restaurante. Por suerte la temporada pasa rápido. Y pronto vamos a andar otra vez con ese jogging que queda cómodo. Además, que no jodan: si vinimos a vivir acá fue para estar cómodas.
Alejo siempre se jacta de cantar la justa: Porque los que somos conservadores no tenemos que andar ocultándolo y andamos con la frente alta. Que estén de moda los derechos humanos no va a cambiar la historia. Andá al juzgado a ver si un zurdito de derechos humanos te va a sacar un pibe si es chorro. Quiero ver qué hacés sin un conocido de derecha en el mundo.
Es como un cuadro de Hieronymus Bosch. No lo podés mirar. Lo tenés que ver. Porque cuando ves comprendés. Cuando comprendés el cuadro es otro. Y también vos.
De verdad pasó: Gálvez, el escultor, el que viene todos los inviernos, se lo contó a Dante en un reportaje. Y Dante la corroboró después con una hija del artista. Un buen día juntó a su mujer y a todos sus hijos y les dijo que no quería ser más padre, que renunciaba al parentesco, cargo, título o como se lo quiera llamar. Bastante tenía con ser padre de sus personajes. Alrededor de ocho entre varones y mujeres, sus hijos. Ninguno pasaba los quince cuando el padre anunció su determinación. Y se mandó a mudar. Un caradura. Porque después de eso se dedicó a chupar y no volvió ni siquiera a hacer una puta cerámica. Quién te dice si hubiera sido Henry Moore, la familia lo habría perdonado.
La única forma de representar el viento es por su efecto en las cosas.
No me jodas con Manal y Una casa con diez pinos. Acá no es tan difícil llegar a la casa y los pinos. Lo que nadie tiene idea es de cómo escapar. Porque nada peor que un sueño realizado.
Te enteraste de la última. La madrugada del martes Fabián, el astrólogo, discutió con Gladys, su hermana, la acupunturista. Después de clavarle una tijera, Fabián se puso una bikini suya y se fue a la playa. Bajo cero hacía. Igual se mandó al agua. La marea lo trajo unos días después. Pobre flaco, Saturno mal.
Y cuando ya no nos aguantamos, cuando no tenemos nada qué decirnos, ni siquiera por llevarnos la contra, entonces el domingo invitamos al asado a un matrimonio amigo y después, cuando se van, tenemos tema de sobra. Para toda la semana tenemos. Y esto es lo bueno de ser sociable. Por supuesto, uno no está libre de que lo inviten. Y aceptamos nomás. Porque del mismo modo que nuestros anfitriones necesitan tema nosotros nos volveremos también con material jugoso.
Sabés por qué este lugar no va a progresar nunca. Por la cruza. Acá se dio la peor: cruza de gaucho con hippie.
Una noche, al volver de la veterinaria, Vivi la encontró llorando. Qué hice mal, lloraba una tarde. Qué hice mal. La familia, le contestó Vivi. Ya te lo expliqué: No va más. Te liquida la familia. Como la mafia. Por qué te pensás que los mafiosos hablan y hablan de la familia todo el tiempo.
Y al subir un médano, siempre con Miumiú detrás, vio el mar. Sintió que lo veía por primera vez. Un sentimiento que tiene mucha gente después de no verlo durante un buen tiempo. Entonces volver a verlo, no es volver a verlo. Es verlo por primera vez.
En invierno, especialmente bajo cero, cielo gris, todos tenemos días de llorar una tristeza que no se le puede achacar a nadie. Porque es pena de nosotros mismos lo que sentimos. Entonces lo mejor es bajar a la playa y caminar contra el viento helado. Y si te cruzás con alguien, no es vergüenza. Viento en contra y bajo cero todos lloramos de frío.
A mí me pasa lo mismo que a Nan Goldin: A veces no sé cómo sentirme ante una persona si antes no le saco una foto.
Vos te pensás que escribiendo esta novela te van a rajar del pueblo. Ni en pedo. Lo que va a pasar es que todos se van a creer que son personajes y, aun cuando, a lo Frankestein, con pedazos de uno hayas construído a otro, todos van a querer estar y encontrarse. Porque aun cuando la mierda los salpique ninguno querrá quedar afuera. Y esto no será por mérito de tu literatura. Será por la vanidad. Nos pierde la vanidad. A quién no le gusta salir en la foto.
Mi hijo sale de la pileta contento, se sube las antiparras, espera mi aprobación: Viste que nado abajo del agua, me dice. De eso se trata escribir, pienso. Nadar bajo el agua.

2 comentarios:

Makuni dijo...

gracias

María dijo...

"Yo creo que a mí me pasa un poco esto con este pueblo, un lugar que para mí es electivo. Un pueblo que me ha golpeado. La última que me pasó es el día en que doy por terminada la novela, brindamos con mi mujer y ella me pregunta: “¿Qué vas a hacer? ¿Te vas a ir del pueblo?”. Le digo que no. Esa misma noche, cuando nos acostamos, escucho un ruido, bajo y había un pibe encañonándome con una 9 mm. Pudimos chamuyarlo, hablar con él, pudimos contenerlo, pero no fue gratis estar con una 9 mm apuntándome en la cabeza durante una hora y media. Tenía la novela en la compu, por suerte tenía un pendrive, pude sacar el pendrive, tirarlo al costado y salvar la novela. Eso fue la misma noche en que di por terminada la novela. El pibe se llevó el auto, lo dejó tirado en un médano... Lo primero que digo cuando pasa todo esto es: “Yo de acá no me voy”. Como dicen los antiguos, el verbo produce el hecho: cuatro horas antes mi mujer me pregunta qué voy a hacer después de esta novela, la respuesta la tuve al toque." Guillermo Saccomanno