Ayer fui a tomar un café con mi amiga
Sara, que tiene casi ochenta años. Los que estén pensando que nos separa un
mundo se equivocan, tengo más cosas en común con Sara que con varias de mis
amigas. Para empezar somos las dos cinéfilas, y el amor al cine es una manera
de ser.
Hablando de películas, Sara me contó que
en los años sesenta, cuando vio “La Patota” de Daniel Tinayre, le pidió a Dios
que por favor nunca le pasara eso. En la película el personaje de Mirtha
Legrand es maestra en una escuela nocturna y una noche, a la salida, la violan
un grupo de alumnos: la patota.
Le
rogué a Dios que nunca me pasara eso, repetía ayer Sara, con el miedo intacto en los ojos.
Parece cosa de otra época pero el recuerdo de Sara, como esos promotores que
atraen turistas a los bares, convenció a varios recuerdos míos a acercarse y
tomar algo con nosotras.
Tengo ocho o nueve años. Estoy con mi
mamá y mi hermana de vacaciones en la playa de Copacabana, en Río de Janeiro. Estamos
las tres tiradas en la arena, con esa antigua inconsciencia solar. Mi hermana
pide un coco. Cuando mi mamá va a pagar se da cuenta de que se olvidó la
billetera en el hotel, a media cuadra, cruzando la calle. Me ofrezco a ir a
buscarla y mi mamá me da advertencias para cruzar, tiene miedo de que me pise
un auto.
Voy y vengo. Crucé la calle dos veces y sigo viva. La leche
de coco es riquísima pero mi mamá la arruina porque está muy, muy, nerviosa. Cuando me fui, una señora
local la había interpelado, que cómo había podido mandar sola a una niña de mi
edad en pleno Rio de Janeiro, ¿no sabía las estadísticas de niñas violadas en
la ciudad?, era peligrosísimo. Repitió la palabra “locura”, y yo aprendí que
había algo más peligroso que los autos.
Fue la primera vez que escuché el verbo
“violar”. Pero Río de Janeiro era lejos y nosotras volvimos a Buenos Aires. El
peligro parecía haber quedado atrás hasta que me enteré de que en el ascensor
del edificio de mi papá, ese que yo usaba todos los fines de semana, donde apenas
cabían tres personas, ahí mismo, habían violado a una mujer. Recuerdo haber hecho
más preguntas pero nadie quiso hablar del tema, había que seguir usando ese
ascensor porque era el único.
No sé si fue a partir de lo del ascensor,
pero el miedo a ser violada me siguió durante los cambios en mi cuerpo, que no
eran pocos: las tetas, cuidar que una sangre nueva no traspasase las telas y la
lucha contra los pelos. Encima, además de crecer, tenía que incorporar otras
rutas en la calle para esquivar las obras en construcción. Esos grupos de
hombres que mamita vení que te chupo
toda, mirá ese culito gordito qué lindo, ay, qué tetitas tiene la nena, qué
preciosa vení que te saco el uniforme vas a ver cómo te gusta. Por primera vez escuchaba esas frases sobre
las tetitas nuevas, esos hombres me avisaban que habían llegado para quedarse,
y que se notaban.
También el portero, con su mirada hiper-dirigida,
me contó que tenía algo atrás que le llamaba muchísimo la atención: un culo. Y
me empezó a dar vergüenza entrar a mi propia casa. Ya cuando estaba cerca, si
lo veía en la entrada, aparecían la incomodidad y los nervios y le pedía a un
Dios, en el que nunca creí de verdad, que por favor ese hombre no estuviese
haciendo su trabajo, que por favor no
estuviese. Así, cada día, las cuatro veces que entraba y salía para ir al
colegio, o más si había otras actividades.
Se animan más recuerdos: hombres desconocidos
que se masturban sentados en un árbol cercano del parque cuando paseo a mi
perra, sin el menor disimulo. Varios penes al aire libre, descubiertos por
sorpresa en los lugares más inverosímiles. El profesor de gimnasia que, mientras
organiza que subamos todos al ómnibus que nos lleva al campo de deportes, se
agarra de mi pantorrilla y la acaricia. Los recuerdos son reales pero agrupados
así, en patota, parecen ficción, una mala película de esas en las que no puede
ser que al personaje le pasen todas.
Ya más grande, en un cumpleaños, conocí a
una amiga de mi hermana a la que habían violado en el sur, estando de
vacaciones con el novio. Busqué algo en ella que trasluciese lo que había
vivido pero no, estaba contenta y comía papas fritas como todas. Seguía
viviendo. Algo de ella me hizo más fuerte. Crecí y volví varias veces a Brasil,
al ascensor maldito y a mi antigua casa, donde todavía vive mi madre y trabaja
el mismo encargado que me miraba el culo, al que tengo que seguir saludando
porque la educación es lo último que se pierde.
Ayer en el bar, Sara también me contó que cuando vio la remake de “La Patota”, de Santiago Mitre, le agradeció a Dios que nunca le pasó eso, que nunca la habían violado. Los ojos le brillaban de felicidad en un gesto que para mí decía “zafé”. Después hablamos de otras cosas y nos despedimos al mismo tiempo que se iba el sol. Yo volví a mi casa caminando, buscando en los ojos de las chicas ese miedo que ya ni Sara ni yo teníamos, pensando en esos “piropos” que hasta el actual Presidente dijo que en el fondo nos gustan. Y en todo esto que nunca había hablado con nadie.
Ayer en el bar, Sara también me contó que cuando vio la remake de “La Patota”, de Santiago Mitre, le agradeció a Dios que nunca le pasó eso, que nunca la habían violado. Los ojos le brillaban de felicidad en un gesto que para mí decía “zafé”. Después hablamos de otras cosas y nos despedimos al mismo tiempo que se iba el sol. Yo volví a mi casa caminando, buscando en los ojos de las chicas ese miedo que ya ni Sara ni yo teníamos, pensando en esos “piropos” que hasta el actual Presidente dijo que en el fondo nos gustan. Y en todo esto que nunca había hablado con nadie.
(Columna publicada ACA)
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